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¿El fin?

Actualizado el 11 de noviembre de 2016 a las 12:00 am

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Estados Unidos es excepcional: por su geografía, su poder, ideales, pragmatismo, diversidad y creatividad. Este es el supuesto que ha acompañado a su pueblo a lo largo de la historia. Forma parte de su identidad. Pero se ha expresado mediante dos corrientes contrapuestas. Una ha conducido al universalismo generador; otra, al aislacionismo atrincherado. Una parte de la confianza; la otra, del rechazo.

El Donald Trump de la campaña representa lo peor de esta última tendencia. Veremos hasta qué extremos la conduce como presidente. Por lo pronto, soy pesimista.

El primer gran universalista del siglo XX fue el presidente Woodrow Wilson, impulsor de la Sociedad de las Naciones, pero fracasó cuando el Senado aislacionista rechazó ratificarla. Tras la Segunda Guerra Mundial, el universalismo se convirtió en el consenso bipartidista de la política exterior estadounidense. De allí emanaron las instituciones, normas, procedimientos y alianzas que articularon un sistema universal como nunca había existido. Con variantes y adaptaciones, es el que prevalece hasta la fecha.

Su principio operativo es simple: por ser “excepcional”, Estados Unidos tiene liderazgo, responsabilidades, intereses y oportunidades únicos, que lo obligan a vincularse activamente al mundo.

Trump ve la realidad desde el otro lado del espejo: el opaco. Para él, la excepcionalidad implica protegerse, excluir y, si es del caso, intervenir o agredir. Para impulsar esta idea y generar el apoyo de electores que la comparten de manera manifiesta o subconsciente, era necesario presentar a Estados Unidos como una plaza sitiada por los migrantes, el libre comercio, los terroristas, las élites globales, el multiculturalismo, la secularización, los medios liberales, México, China e incluso aliados cruciales que no pagan lo suficiente por recibir protección.

Es la ruta que conduce al aislacionismo, el desdén y hasta la hostilidad por los otros y por la arquitectura sobre la cual opera el mundo contemporáneo. Es una visión que puede captar abundantes votos ansiosos; pero también es una receta para el desastre en política exterior.

Paradójicamente, podría conducir a lo que dice querer evitar: el fin del excepcionalismo estadounidense. De aquí al deterioro de su liderazgo el camino será corto. Y las consecuencias, por supuesto, las padeceremos todos.

(*) Eduardo Ulibarri es periodista, profesor universitario y diplomático. Consultor en análisis sociopolítico y estrategias de comunicación. Exembajador de Costa Rica ante las Naciones Unidas (2010-2014).

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Eduardo Ulibarri

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Eduardo Ulibarri es periodista, profesor universitario y diplomático. Consultor en análisis sociopolítico y estrategias de comunicación. Exembajador de Costa Rica ante las Naciones Unidas (2010-2014).

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