Por: Fernando Durán Ayanegui 26 abril, 2015

A diferencia de la que, sobre la estructura química del benceno, declaró haber experimentado en un sueño diurno el alemán August Kekulé, esta revelación cósmica me sobrevino en plena vigilia y al filo de la medianoche. Me adelanto a consignar la certeza de que en nada influyeron en mis percepciones las copas de vino ni la danza del vientre de una esbelta y torpe bailarina turca que acompañaron mi cena de aquella velada. Juro, pues, haber descubierto un nuevo tipo de eclipse astronómico hasta hoy no descrito en la literatura científica –lo pasaron por alto Tolomeo, Copérnico, Ticho Brahe, Galileo, Kepler, Newton y Hubble– y ausente en las tradiciones populares de todos los continentes.

El portento ocurrió después de que alguien me sugirió que, para un mejor disfrute del paisaje nocturno de Estambul, subiese a la cubierta del barco restaurante –quizás, más bien, un cabaret flotante– mientras este surcaba el estrecho del Bósforo en el sentido que va del mar Negro al mar de Mármara, es decir, con Asia a la izquierda y Europa a la derecha. Acepté la invitación y allá arriba, bajo un frío primaveral apenas tolerable, cayó sobre mis escasos cabellos el efluvio luminoso de una creciente y cenital luna de finales de marzo, ya bastante rellena ella y señora de un cielo totalmente despejado. A ambos lados del estrecho desfilaban masivos palacios y mezquitas en medio de la extensa alfombra de luces que cubría el sueño de los más de veinte millones de habitantes de la infinita aglomeración urbana.

En aquel momento comenzó a ocurrir algo que bien se podría reputar de milagroso. Desde el lado del mar de Mármara se acercaba, sin apoyo visible y en vuelo majestuoso como si también fuera parte del firmamento, una elevada y sólida plataforma: el mayor de los puentes que unen Europa a Asia por encima del Bósforo. Comprendí al punto que el mismo Newton habría querido ver a través de mis ojos lo que estaba aconteciendo: la “luna esplendente” a la que, trece siglos antes, “el poeta inmortal” Li Po había invitado a compartir el vino, se escondió poco a poco encima del puente, estuvo invisible durante algunos segundos y luego emergió por occidente, con su brillo intacto, para hacerme pensar: “Esto ocurre para mostrarme que la misma luna brilla sobre mi cabeza, sobre el Bósforo, sobre Estambul, sobre Anatolia, sobre Asia y sobre Europa, y que fue para llegar a este esplendoroso lugar y en este espléndido momento que un día, hace varios largos decenios, abandoné mi ciudad natal”.

El autor es doctor en Química por la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector en 1981.