Por: Fernando Durán Ayanegui 21 junio, 2015

“La política universitaria es tan sórdida, quizás porque lo que está en juego es tan pequeño”. Esta cita, atribuida por error a Henry Kissinger, es en rigor original de un lejano presidente de Estados Unidos formado en la Stanford University. Es probable que quienes alguna vez fuimos miembros de la academia prefiramos enunciar una idea diferente pero más general – “la política partidaria es tan pequeña, quizás porque lo que ambiciona el lacayo es tan sórdido”–, con el propósito de poder reírnos de algunos vituperios como los que nos ganamos con nuestro comentario de hace dos semanas sobre la incapacidad de los electores para sancionar, negándoles el voto, a los políticos desacreditados.

Viniendo de quienes vinieron –ellos sabrán por qué se dieron por aludidos, ya que nuestra mirilla apuntaba por encima de sus agachadizas cabezas– esos denuestos equivalen a generosos aplausos que debemos agradecer en lo que valen y nos motivan para iniciar y llevar a buen término un nuevo proyecto literario.

Se contaba en Costa Rica que, cuando se preparaba para asistir a su toma de posesión, el presidente León Cortés Castro (1936-1940), sintiéndose incordiado por un fotógrafo que se empeñaba en quitarle con una brocha los rastros de caspa de la solapa, exclamó: “¡Fulano, dejá ya de pasarme la brocha!”.

Los coterráneos que lo escucharon hicieron circular la anécdota por todo el país y convirtieron en proverbial la palabra “brocha” con el significado de… bueno, es bien conocida la expresión malsonante que queremos eludir y, justamente para evitar situaciones embarazosas, en nuestro barrio de origen se dieron a la tarea de buscarle un sustituto al adjetivo “brocha”. Alguien sugirió que quien acaba de correr la maratón merece que se le enfríen los talones y desde entonces “soplatalones” sirve para designar a un cortesano de oficio.

Resulta que ahora no podremos resistir la tentación de escribir un ensayo que titularemos “La importancia del soplatalonismo en la vida política costarricense”, esperando que ese texto una, bien soldadas, la lógica del miedo y la lógica de la necesidad, reveladoras ambas del alto grado que puede alcanzar la miseria de espíritu que conduce a muchos al ejercicio voluntario y gratuito de la servidumbre.

No en vano, le decíamos hace poco a un amigo director de teatro que para lograr el retrato político de nuestro tiempo y de nuestra comarca nada sería más recomendable que poner en escena la escarnecedora obra dramática de Albert Camus titulada “Calígula”.

(*)Fernando Durán es doctor en Química por la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la Universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector en 1981.

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