Por: Jorge Vargas Cullell 8 septiembre, 2016

¿Para qué preocuparse por este país? No es que todo vaya bien, sino, como es de rigor, ni muy muy, ni tan tan. Entonces, en serio, ¿para qué preocuparse? Aquí la llevamos del cuello: siempre estaremos mejor que Centroamérica y no tan atrás de otros en América Latina. Lloverá en setiembre, tendremos una romería al año para que la Virgen de los Ángeles, patrona de Costa Rica, nos proteja y los clásicos Alajuela-Saprissa harán vibrar a todo el mundo. Hay que verle el lado bueno a las cosas: matar de aburrimiento los desafíos pendientes del desarrollo tiene su mérito.

Algunos, este columnista incluido, andan siempre fruncidos como si Costa Rica estuviera amenazada por graves problemas y ellos padecieran de estreñimiento crónico. ¡Qué necedad! Esos agoreros son como los alarmistas del cuento aquel que se pasaban gritando “¡viene el lobo!”, y el lobo nunca llegaba o llegaba tarde y silbando y era buena gente porque venía en el bus de Desampa, el del señor aquel que acertadamente pronosticó que primero se caía una autoridad antes de que lo obligaran a dar un buen servicio. Cuestión de perspectiva.

Vienen y se van gobiernos, cada cuatro años los partidos prometen más o menos lo mismo, los sindicatos docentes hacen las mismas marchas y los grupos empresariales bloquean reformas a los tributos con los mismos argumentos de siempre. A tal punto las cosas se repiten que más de un opinador podría reciclar columnas y seguro nadie lo nota. En fin, Varguitas se cayó del lado equivocado de la cama: anda enchilado porque la realidad no se ajusta a sus predicciones.

Pero ¿será solo eso? Una opción es pensar que en los últimos años hemos sido muy afortunados porque el país ha vivido de dos “aguinaldos”: la caída en los precios mundiales del petróleo, alimentos y materias primas, que nos ha ahorrado un montón de plata, y las bajas tasas de interés internacionales, que nos han reducido lo que pagamos por la deuda que acumulamos desaforadamente. Esos aguinaldos nos ayudan a prolongar la fiesta en la que andamos las minorías ganadoras del estilo de desarrollo… hasta que el futuro nos alcance. Pero pasará rato para que eso suceda.

Mientras tanto, las élites políticas, económicas, corporativas y la intelligentsia de nuestro país hablan paja, pero están cómodas con el estado de cosas y poco proclives a cambiar el statu quo. Creen que, al final, todo se andará. Ven al norte y a Suramérica y sacan pecho por su confort. Y la pregunta que me hago es: ¿para qué quiere alguien ser presidente en el 2018? ¿Para cortar cintas?