Por: Jaime Daremblum 13 abril, 2016

La semana pasada hubo una celebración en Washington de la OTAN, alianza política y militar que emergió tras la Segunda Guerra Mundial. Más allá de la fiesta, mi memoria –o lo que de ella conservo– me trajo a la mente las conferencias magistrales de mis profesores de posgrado sobre cómo nació y qué produjo esa instancia de la cooperación internacional.

En las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, un enviado confidencial de Estados Unidos recorrió algunos países del Este y del Oeste europeos. En dos platos, su misión era aquilatar las fronteras ideológicas de Europa después de Hitler. La opinión de un funcionario europeo fue muy interesante: no habrá paz ni victoria, enfatizó apuntando con su índice a algunos tanques soviéticos recorriendo el vecindario.

Profética resultó esa respuesta. Franklin Roosevelt ya había fallecido y la Conferencia de Potsdam introdujo al nuevo mandatario norteamericano, Harry Truman, quien le reclamó al emisario soviético el retiro de sus tropas de algunos sectores germanos. Al final se produjo una salida ilusa que devendría en la ocupación soviética, militar y política de la Europa Oriental.

Truman, por su parte, contestó de manera rotunda con el establecimiento de la OTAN, la AID, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, además de la ONU y otros organismos conexos. Pero, sin duda, en aquellos momentos el nacimiento de la OTAN fortaleció las raíces de la nueva alianza europea y norteamericana que disuadiría las aventuras imperialistas de la Unión Soviética.

Pasaron los años y las décadas. Sin embargo, a lo largo del trayecto se manifestaron los roces y los reclamos entre las partes. Ese es un síntoma que asoma y se reitera hasta el punto de la ingratitud. No obstante, los gobiernos europeos sabían del esencial papel de la OTAN y la yunta prosiguió su camino.

Cosas veredes, Sancho. En el presente, el polo de la confrontación es Putin, el mañoso y pendenciero presidente soviético. Y lo ocurrido en Ucrania y Crimea inspira temor entre sus vecinos del Oeste. Por eso, no sorprende el clamor de los aliados europeos para que Estados Unidos haga sentir más su presencia militar. Washington ya dio el sí y, para complacer a sus aliados, proyecta un robusto aumento de tropas y ultramoderno equipo militar. Cómo cambian los tiempos.

Jaime Daremblum es abogado y politólogo. Es director de estudios latinoamericanos del Hudson Institute y tiene un Ph.D. de Tufts University, Flectcher School. Fue embajador de Costa Rica en Washington y analista del Fondo Monetario Internacional.