Opinión

Enfoque

Actualizado el 19 de junio de 2014 a las 12:00 am

Opinión

Enfoque

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Colombia es un país de importancia estratégica para Costa Rica. A poco menos de mil kilómetros, tenemos a la cuarta economía más grande de América Latina, una de las más vibrantes y sofisticadas en la región. Es un gran mercado potencial para nosotros, a la vuelta de la esquina, aunque también un ágil competidor al que cuidar. Las oportunidades económicas, sin embargo, son contrarrestadas por los efectos de su endémica violencia social y política. Este país experimenta el conflicto civil más antiguo del continente, desde siempre un foco de inestabilidad para Centroamérica. Hace unas cuatro décadas, el problema se complicó todavía más cuando Colombia se convirtió en suplidor mundial de drogas, y los grupos narcos, sus aliados en la guerrilla y paramilitares, encontraron en nuestro istmo la gran autopista para llegar al mercado norteamericano.

Inmenso, dueño de una gran complejidad económica y cultural, profundamente clasista y desigual, Colombia es el país imposible que nutrió el realismo mágico del gran García Márquez. Posee modernas e innovadoras ciudades y grupos intelectuales y gerenciales de lujo en la región. Pese a ello, no han sido capaces de armar un país que, aún hoy, es un rejuntado de regiones amarrado por los hilos de la violencia y por el empeño de rancias élites en mantener cerrado, hasta donde es posible, al renqueante sistema político.

Lo cierto es que ese país reeligió el pasado domingo al presidente Santos, en una segunda ronda electoral en la que apenas participó el 47% de los electores. Ganó por poquito a Zuluaga, el candidato del poderoso expresidente Uribe, antiguo padrino pero hoy enemigo jurado de Santos. Los resultados indican que, en estas elecciones, las antiguas bases uribistas se fueron con Zuluaga, y que el ganador tuvo que reconvertir su coalición de apoyo con sectores de la izquierda y disidentes del partido conservador. Un “sancocho criollo”, lo llamó un agudo observador.

Pocas elecciones como estas han sido tan importantes en la historia reciente de América Latina. Curiosamente, Zuluaga y Santos diferían poco en sus propuestas económicas y sociales. Muchos electores estaban desencantados con el Gobierno, especialmente en las principales zonas urbanas. El quid del pleito eran las negociaciones de paz con la guerrilla de las FARC y, más recientemente, con la del ELN. Zuluaga y el uribismo querían descarrilar el proceso y Santos invirtió todo su capital en ellas.

Al final, triunfó por poco la tesis de la solución política al conflicto armado, una buena noticia para nosotros. Sin embargo, las elecciones heredaron un país fracturado, y la paz duradera y sin impunidad sigue siendo elusiva.

  • Comparta este artículo
Opinión

Enfoque

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota