Por: Jorge Vargas Cullell 16 octubre, 2014

Vivimos con querencia a los rumores. Son el pan nuestro, a tal punto que nuestras comunicaciones diarias son una inmensa plaza de rumores. “¿Viste?”, “Dicen que...”. Los cuchicheos son importantes en nuestra vida social, tanto que hay expertos con fama de tales no por sus conocimientos técnicos, sino por estar informados del último rumor. En la plaza del rumor, hombres y mujeres participamos por igual. La idea de que las viejas son las chismosas es un cuentazo: ¿han visto cómo chismea un grupo de hombres? No queda títere con cabeza.

Algunas personas participan como inventores (anónimos..., aunque estoy seguro de que, un día de estos, alguien inventará la privatización del rumor y el licenciamiento de su uso) y otros como simples transmisores. Lo interesante es que los chismes son una creación colectiva: entre todos les ponemos salsa, agregamos u omitimos detalles. Como ocurre con la raíz del arcoíris, es imposible precisar el momento en que el murmullo empieza, el acto original, aunque hoy poseamos herramientas para trazar ciertas propagaciones. Y esta es la clave: las maneras en que se dispersan por nuestras redes de relaciones, sean estas virtuales o personales. Son estas redes las que tornan viral el rumor.

Por supuesto que los hay inocuos, pero muchos rumores tienen consecuencias, y algunos, consecuencias espantosas. Los del tipo político, por ejemplo, pues pueden mover al poder. Matanzas enteras de pueblos (los judíos en la Edad Media) se azuzaron, y justificaron, con cuentos de que robaban y asesinaban niños, rumor que, de manera rocambolesca, fue mutando hasta no hace mucho, cuando se decía que los comunistas se los comían crudos. Pero de esto nadie se salva: en el siglo XX, el sambenito de ser “agente de la CIA” podía ser sentencia de muerte. Así, a los rumores políticos hay que tomarles en serio porque son fichas al servicio de grupos de poder. Por esta relación estrecha con el poder, la rumorología es intencionada: su nivel de intensidad es marcador de la situación.

En política, los rumores se atizan cuando la información pública es insuficiente o deficiente y la gente debe atar cabos por su cuenta. Se atiza también cuando sobran cuestionamientos (el chisme es también crítica social). Y así llego al punto que quería comentar: el Valle Central está hoy inundado de rumores –que si se cae tal o cual ministro…, y así por el estilo–. Mal síntoma. Que sean inevitables no es consuelo: el tema es si el Gobierno y la oposición actúan basados en chismes de lo que “los otros” harán. Ahí nos jodemos. Necesitamos bajar el tono de la rumorología. Requerimos cabeza fría para resolver los difíciles desafíos que enfrentamos.

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