Por: Jorge Vargas Cullell 17 julio, 2014

Hasta hace pocos años, la historia universal había producido dos tipos de muertos que no nunca mueren: los héroes de leyenda y los villanos bien bellacos. Ambos siempre dejan, por razones inversas, huellas imborrables en la memoria de los pueblos. Pues bien, en Costa Rica inventamos un tercer tipo de muertos que nunca mueren. Ciertas instituciones públicas deambulan desde hace décadas por ahí, sin arte ni parte, quizá porque es siempre feo liquidar algo o porque son, a su vez, producto de otro invento original nuestro: el ostracismo institucional (acto de excluir del aparato institucional sin liquidar). Báilenme ese trompo.

Hace años hablé del Instituto Nacional de Vivienda y Urbanismo (INVU) como un ente prescindible. Tiene un montón de propiedades, cuya administración podría trasladarse a otra institución, pone también algunos sellos y permisos, trámites que sería cuestión de rediseñar, y tiene un departamento de ahorro y préstamo que podría ser colocado en otro sitio. Sin embargo, no es capaz de hacer planificación urbana ni de construir casas y, hace mucho tiempo, el sector vivienda dejó marginado a la entidad. Como la ley dice que, mientras haya INVU, debe haber jerarcas, los sucesivos Gobiernos los nombran solo para luego dejarlos al pairo. Invariablemente, esos jerarcas entran fosforones creyendo posible refundar la institución y desatar su potencial dormido, pero, al tiempo, se marchan con las manos vacías. Lo único que termina siendo cierto es el pago mensual de una planilla. Por ahí nos enteramos de que el INVU sigue vivo.

El Consejo Nacional de Producción (CNP) es otro de esos muertos en vida. Murió, más o menos, por la misma época del INVU. Tampoco hubo esquelas. Sus signos vitales, como el apoyo a pequeños productores y consumidores mediante el fomento productivo y la comercialización de productos agrícolas, se desvanecieron hace mucho. No es que antes fuera un portento, pues en su época de oro, en los años sesenta y setenta, hubo episodios de clientelismo y denuncia de movidas. Pero, al menos, hacía. Desde hace más de una década, el CNP solo aparece por cuestiones relativas al post mortem : que si se reduce personal, que si debe tanto, que si le embargan activos, que si se deshace, o no, de la Fanal. Hoy ayuda a administrar ferias del agricultor. Y pasó lo inevitable: la nueva Administración se propone revivir al muerto.

¿Será que, a diferencia de las estirpes condenadas a cien años de soledad, el CNP pueda hacerlo bien en una segunda oportunidad? Cuesta mucho imaginarlo. El nuevo Gobierno tendrá que hacer magia para que ese muerto encuentre propósito dentro de un sector tan maltrecho como el agropecuario. Toca ver qué conejo trae el mago.

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