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Actualizado el 08 de mayo de 1995 a las 11:41 am

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Julio Rodríguez
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Todo está ya dicho sobre el primer año de gobierno...

Creo, sin embargo, que lo más importante del primer año, una vez hecho el aprendizaje, han sido las rectificaciones y los firmes propósitos formulados para el segundo. Esta no es obra concreta y cuantificable de gobierno, pero corresponde a una actitud. Y lo primero es la actitud, la íntima disposición interna.

Desde este punto de vista, este Gobierno se la juega entera en el segundo año, a partir de hoy, aunque los cambios comenzaron a gestarse y cristalizaron, los más profundos, en abril.

El Gobierno echó a andar como un atleta hercúleo y desafiante, dispuesto a llegar a la meta a cualquier trance, convencido de que pulverizaría, con sus solas fuerzas, cualquier línea Maginot. La voluntad superó a l"esprit de finesse"; el anhelo de un fin grandioso desbordó los medios; la potencia desdeñó el arte.

Al final, los testarudos hechos sacaron, burlones, la cara y el presidente Figueres, frente a ellos y una realidad dramática en el ámbito nacional e internacional, recordó que si la semilla, humildemente, no muere bajo tierra, no florece. Llegó la hora de la revisión, hizo públicamente un acto de humildad ejemplar, se puso a la escucha de los principales hechos históricos a partir de 1940, divisó el subyugante faro del siglo XXI y del año 2005, y tendió puentes para la nueva travesía.

El compromiso o acuerdo en lo esencial, suscrito entre Figueres y el expresidente Calderón, el 28 de abril pasado, rebasa, por ello, en mucho el efímero pacto tradicional y, más aún, el viejo reparto del botín. El acuerdo está hecho para colocar a Costa Rica en el rumbo correcto, para romper las amarras del corto plazo, de la rutina y el sopor, para dejar atrás la mezquindad y los celos, en fin, para alzar el vuelo.

En este acto solemne Figueres y Calderón mostraron visión y grandeza de espíritu. Fue, como todo convenio solemne, un encuentro de voluntades, en el punto crítico, frente a un proyecto común y una tarea concreta. Corresponde ahora hablar a los hechos a fin de restaurar la confianza y vencer nuestra crisis de fe. Posiblemente, este acuerdo en lo esencial sea nuestra última oportunidad. La Historia no toca repetidas veces la puerta. Como el Señor, llama y pasa. Si ahí no se echan las redes, estaremos condenados a contemplar, impotentes y estériles, el océano.

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En última instancia, se trata de un encuentro con la verdad, la única virtud, como se ha dicho, de la que podemos abusar. La verdad, esa gran desahuciada de la política. En su retorno a los precios políticos, intelectuales, económicos, sociales y religiosos descansa nuestra salvación VINCIT OMNIA VERITAS: la verdad, que supone la humildad, todo lo vence. Un emblema majestuoso hacia el siglo XXI.

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