Por: Jorge Guardia 21 octubre, 2014

Al fin, un buena noticia: el precio del petróleo –y, por tanto, de sus derivados– ha caído en el mercado internacional y hay perspectivas de posibles reducciones adicionales, o, por lo menos, de que no va a remontar próximamente. Crucemos los dedos.

La caída responde a varios factores. Por una parte, la producción ha aumentado dentro y fuera del cartel de la OPEP. En Estados Unidos subió hasta alcanzar 8,8 millones de barriles al día, con un aumento del 13% comparado con un año atrás, en Rusia subió hasta llevar la producción a 10,6 barriles diarios (11% más), Libia (la cálida) recuperó su producción, al igual que Irak. Mayor oferta, desde luego, significa menores precios.

Por el lado de la demanda, su menor crecimiento también incide en el precio. Para ponerlo en términos sencillos: la economía mundial está jodida. Según el Fondo Monetario Internacional, el crecimiento real de la producción global nuevamente se revisó a la baja, y en el 2014 se estancará en un 3,3%, igual al año anterior. Los países desarrollados crecen poco (1,8%) y el dinamismo de los latinos se vino abajo (1,3%). Con menores tasas de crecimiento, la demanda de combustibles pierde impulso y se desinfla el precio. Las viejas leyes de oferta y demanda en acción.

¿Qué significación tiene para Costa Rica? Como no somos productores de petróleo, sino, más bien, importadores de derivados (la refinería es un cuento chino), el menor precio alivia el bolsillo de los consumidores (transporte individual y colectivo), pero también se refleja en menores costos de producción de industrias, agricultura, energía y demás. Si agregamos la estabilidad del tipo de cambio advenida con la flotación (para sorpresa de incrédulos), el alivio adquiere una doble dimensión. No en vano, la caída del IPC en agosto (-0,14%) refleja bajas en el gas.

¿Qué harán empresas y consumidores con ese ingresito adicional? ¿Invertirán más para generar más empleo, pagaremos deudas acumuladas, o consumiremos más para hacer trepidar el índice de satisfacción personal? Los pobres podrían comer más arroz y frijoles (ya que el Gobierno no quiso rebajarles el precio del arroz importado), los de las dietas sanas podrían variar un poquitito el menú, y los que tenemos harta debilidad por productos saturados de colesterol (del malo) y triglicéridos nos daríamos gusto ingiriendo más croissants, rebosantes de hojaldre y mantequilla, con cafecito fresco a las seis y media de la mañana. Pero esos sueños de buenas y malas (pero deliciosas) dietas se frustrarán por las mayores cargas impositivas anunciadas. Pronto nos forzarán a todos a observar dietas más magras, insípidas y frugales.

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