Por: Jorge Guardia 8 abril, 2014

Agradezco al ministro de Hacienda, Édgar Ayales, enviar hasta mi cabaña una copia de su informe “¿Cómo lograr la consolidación fiscal?: recomendaciones para una hoja de ruta”. (Arruinó mi fin de semana, pero disfruté mucho su lectura).

Voy a comentar algunos aspectos trascendentales y señalar una conspicua omisión: las finanzas del Banco Central, cuyas pérdidas de operación y políticas económicas incidirán en las proyecciones de Hacienda, por eventuales incrementos en las tasas de interés. Él es parte de la Junta Directiva. Debió recomendar flotar la moneda para no presionar las tasas de interés, pues podrían malograr las metas fiscales.

Clarificó técnicamente cuál es la brecha fiscal y el tamaño del ajuste por hacer. Planteó, primero, la necesidad de evitar el crecimiento de la deuda que, sin medidas correctivas, ascendería a un peligroso 58% del PIB en el 2019 (fecha casi coincidente con el final del gobierno de don Luis G. Solís) y evitar una crisis externa. Luego, proyectó el déficit financiero del Gobierno (7,95% del PIB) y aclaró que no sería el faltante a llenar, sino, más bien, el monto del déficit financiero, necesario para cubrir intereses: 3,5% del PIB (redondeado), para salir tablas. Ese es el torete por lazar. Pero, si queremos hacer o invertir más (metas sociales y económicas más ambiciosas), la soga tendría que ser de mayor grosor.

¿Cómo pretende financiarlo? Propone cambios al Impuesto sobre la Renta (migrar a la renta mundial y uniformar impuestos cedulares –ganancias de capital, intereses y dividendos– en un 15%), para recaudar 1% del PIB; transformar Ventas en un IVA, aumentando la base (servicios y cualquier otra cosa que huela a generar valor agregado), a una tarifa a un 15%, que le daría un 1,5% del PIB, nada despreciable; también le apunta al gasto: congelar plazas por cinco años, afectar salarios del sector público (único, sin pluses para los nuevos) y racionalizar transferencias y pensiones, entre otros, para completar el faltante: 1%. Un menú completo, pellizcando en la nalga a casi todo el mundo (en esa parte de la anatomía llevamos los ticos la billetera).

¿Qué pasaría si, después del ajuste, gobernantes y legisladores se engolosinaran en nuevos gastos y exenciones? Don Édgar también recoge sugerencias que, por años, hemos hecho muchos de nosotros infructuosamente: poner una camisa de fuerza para evitar tentaciones; una regla fiscal con metas de déficit estructural (2% del PIB) y de gasto corriente que apoye el ajuste fiscal y su sostenibilidad a largo plazo, un poco más ambiciosa que la del Tratado de Maastrich. Me parece esencial; recomendaría no aprobar ningún impuesto sin ella.