Por: Jorge Guardia 30 abril, 2014

La democracia costarricense se está adentrando cada vez más en esta nueva etapa de la pluralidad política. Algunos pensamos que está migrando, de hecho, hacia un parlamentarismo más maduro (a la europea); otros, resienten (no siempre con razón) cualquier atisbo de alianza a favor (o en contra) de la mayoría. ¿De qué mayoría estamos hablando?

La respuesta no debe ser tan simplona como para pretender que es la mayoría necesaria para gobernar. O, puesto de otra forma, ¿desde cuál poder se gobierna: Ejecutivo o Legislativo? Cuando unas elecciones se definen en dos rondas electorales porque ninguno alcanzó la mayoría presidencial, y en la primera se definió la conformación de la Asamblea Legislativa sin que ningún partido alcanzara la mayoría absoluta (29 diputados), lo que tenemos es una atomización de voluntades.

El PAC se alzó con el Ejecutivo, pero no logró confiscar el Legislativo. No podrá gobernar como pretendía ni imponer sus propios planes. Tendrá que aceptar con humildad lo que, por su soberbia, no quiso ni siquiera discutir en campaña: negociar aceptando deponer (parte de) sus ideas para aceptar (parte de) las de los demás. El primero de mayo será electrizante. Pero la negociación no se agotará ese día. Se repetirá todos y cada uno de los días durante los próximos cuatro años, en los que la mayoría legislativa se va a tener que definir y redefinir en un constante devenir. Aunque a algunos les disguste (y relinchen), será una realidad con la que tendrán que aprender a vivir.

La Constitución tampoco excluye la posibilidad de ejercer el poder desde dos ámbitos distintos: Ejecutivo y Legislativo, uno controlado por un partido político, y otro, por otros. Este juego de múltiples posibilidades lo veremos en acción próximamente, al elegir el Directorio legislativo. Hay dos bloques numéricamente parecidos, uno de oposición y otro de gobierno. ¿Cuál prevalecerá? Esa misma expectativa se repetirá cada cuatro años, pues estoy persuadido de que lo que suceda este primero de mayo no quedará escrito en piedra. Alianzas y rupturas estarán a la orden del día.

Yo tuve discrepancias conceptuales con don Humberto Vargas y don Mario Redondo en alguna oportunidad, pero reconozco que ambos son políticos muy astutos. Si alguno de ellos alcanzara la presidencia de la Asamblea, le imprimiría a un dinamismo muy interesante, ajeno a las imposiciones del Frente Amplio en materia laboral y en otros campos, muy peligrosas para la estabilidad y crecimiento económico.