Por: Jorge Guardia 6 mayo, 2014

La historia rendirá su veredicto inexorable sobre la Administración Chinchilla Miranda. Señalará, como es usual, lo negativo y lo positivo, y hará un balance más (o menos) objetivo. ¿Eclipsará lo primero a lo segundo? Ese es el punto.

En lo económico, hubo cosas positivas que solo la mezquindad podría ignorar: baja inflación, estabilidad cambiaria en casi todo el plazo, tasas de interés bajas y estables (salvo un corto período), crecimiento real positivo, expansión de las exportaciones y mucha inversión extranjera. Pero, al final, no logró consolidar los resultados. El tipo de cambio saltó bruscamente, el Banco Central no amarró el nuevo régimen cambiario, las tasas de interés van al alza y subirán aún más, y la inflación será mayor.

Los aspectos negativos eclipsan buena parte de los positivos. El déficit fiscal llegó al 6% del PIB, impulsado por dos causas de fondo: ausencia de una reforma tributaria (abortada en la Sala IV por la forma) y una política de gastos que nunca logró contener la planilla ni los pluses salariales, a pesar de tímidos esfuerzos. Se recortó la inversión pública, subió la deuda pública, crecieron las pérdidas del BCCR y no hubo suficiente plani-ficación de prioridades. Se favorecieron ciertas inversiones innecesarias: la trocha, dispensable, comparada con otras necesidades viales; la nueva y controvertible refinadora, y se pagó tres (o más) veces la inefable “platina”.

Hubo empates técnicos en varios aspectos. El índice de pobreza se mantuvo elevado, pero bajó levemente al final; la distribución del ingreso permaneció inalterada, pero se revirtió la tendencia negativa que llevaba; en seguridad hubo logros tangibles, eclipsados por la severa represión vehicular; en educación, no tengo queja, salvo por ciertos contratos controvertibles, y no tengo la menor idea de qué pasó en Juventud y Deportes, por ser disciplinas que no practico asiduamente o, simplemente, me abandonaron al deshojar el calendario.

Aunque no me gustó el manejo inicial del problema con Nicaragua (pañuelitos blancos), reconozco que la llegada de Enrique Castillo rescató el castillo, y la red de cuido fue un éxito (programa estrella). Mi visión es que el Gobierno no fue tan malo (ni tan bueno) como dicen. Lo afectaron dos problemas, uno heredado; otro, no: fue víctima del resentimiento acumulado por el electorado durante muchos años (cualquier otro hubiera sufrido igual), y le faltó arrojo para poner en su lugar a muchos sectores, incluyendo a arroceros, banqueros, empleados públicos, regímenes de pensiones, contribuyentes y demás. Con más denuedo y menos compromisos gremiales, habría salido por la puerta grande.