Por: Armando González R. 9 noviembre, 2014

El Ministerio de Hacienda planteará la más pura y simple transformación del impuesto de ventas en un tributo sobre el valor agregado (IVA). Renuncia a elevar el porcentaje y está dispuesto a cobrar el mínimo cuando se trate de bienes y servicios sensibles, como salud, educación y canasta básica. En esos casos, el impuesto no pasará del 2%.

El propósito es uno solo: mejorar el control. Los nuevos ingresos no saldrán de un aumento en el porcentaje cobrado, sino de la fiscalización permitida por la estructura del IVA, cuyo cobro en cadena convierte a industriales, comerciantes y proveedores de servicios en celosos vigilantes de su propio comportamiento tributario. Por eso es importante evitar las exoneraciones y exigir el pago, aunque sea en porcentajes menores cuando el caso lo amerite, para toda transacción de bienes y servicios.

Es una medida diseñada para obligar a pagar impuestos. Así se espera operar el milagro de incrementar los ingresos sin alterar el porcentaje del tributo vigente, salvo la mínima afectación necesaria para eliminar las exoneraciones.

La discusión legislativa no debería ser difícil, sobre todo porque la bancada más numerosa, la liberacionista, estuvo dispuesta a impulsar una medida similar durante la administración de la presidenta Laura Chinchilla. Lo mismo puede decirse de la Unidad Social Cristiana cuando se discutió la reforma tributaria impulsada sin éxito por el expresidente Abel Pacheco.

Si el Partido Acción Ciudadana, ahora en el Gobierno, respalda la iniciativa, las estrellas del proyecto están alineadas. Todo depende de la voluntad de las bancadas opositoras de comportarse de manera consecuente, así como de la anuencia a rectificar, en el caso de los sectores gobiernistas antes opuestos a toda iniciativa de reforma. Es decir, todo depende de la política.

En consecuencia, el pronóstico no pasa de reservado. En política, lo bueno para el ganso no siempre se percibe como beneficioso para la gansa. Todo depende de la ubicación del observador, sea la cima del poder o la llanura de la oposición. Quienes ayer defendieron el IVA, hoy podrían encontrar razones para oponerse aún a esta, la más sencilla de las fórmulas planteadas.

En la discusión solo se pueden esperar dos constantes: la oposición de los sectores exonerados, por la ley o por la práctica, y la necesidad de modernizar el sistema tributario, para lo cual resulta indispensable transformar el impuesto de ventas. Queda, pues, la esperanza de una ruptura del círculo vicioso de la política escrita con minúscula.

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