Por: Jaime Daremblum 25 julio

Donald Trump, el presidente de Estados Unidos, se venía quejando con amigos de los dolores de cabeza que le producían las reacciones del público a sus profundas ideas. Varios de los cortesanos coincidieron en recomendarle, por enésima vez, mejoras de diversa naturaleza a sus grandiosas palabras, las cuales, a juicio de estos sabedores, no transmitían los excelsos proyectos que el presidente deseaba ofrendar a su inmenso ejército de admiradores.

La receta unánime del docto círculo fue encontrar un mago de la prosa capaz de conjurar ángeles y demonios para, respectivamente, alentar las loas de sus adoradores o atrofiar o destruir los cerebros de sus adversarios. Todos los aduladores apuntaron sus dedos a la urgente tarea de hallar un experto, un maister de estirpe wagneriana capaz de domar con sus ingenios los ánimos del gran público.

Sin embargo, el desconfiado presidente no comprendía el menjurje que pretendían hacerle tragar. Dichosamente, alguien tuvo la brillante iniciativa de proponer un guerrero que librara las batallas de podios y teléfonos. A esta fórmula la llamaron Scaramouche, el superespadachín que lideraba a los tres mosqueteros en las fábulas de infancia. Y la luz se hizo en Trump. Buscadme a esa persona, fue la orden inapelable del mandamás.

Como era de esperar, el tal Scaramouche no aparecía y la paciencia del gran jefe se agotaba velozmente. Aleluya, una mañana un escribiente del despacho gritó de alegría: había encontrado la solicitud de un tal Anthony Scaramucci. Seguro que los bisabuelos del fulano habían cambiado la ortografía del apellido como tantos otros inmigrantes lo hicieron en los días de los grandes influjos de masas a Estados Unidos. Un sabiondo agregó que esos enredos muchas veces se producían por los tropiezos idiomáticos de los oficiales en Staten Island, a los pies de la Estatua de la Libertad.

Trump quedó fascinado con la fábula, encanto que creció al enterarse de que su nuevo director de Comunicaciones era gran amigo de su yerno Jared Kushner, esposo de su hija Ivanka. Pronto, como por milagro, aparecieron larguísimas filas de amigos y conocidos, reales o ficticios, deseosos de una asomadita al universo rutilante de Trump.

En pantalla, Scaramucci proyecta la imagen de un mini-Trump, con vestimentas provenientes de carísimos sastres neoyorkinos, en tanto su porte estirado es típico de los ricachos de Wall Street. Fácil de palabra, quizás logre alcanzar el portentoso paraíso de las encuestas con que sueña Trump.