Por: Jorge Vargas Cullell 17 septiembre, 2015

Siempre me pregunté cómo era eso de un país con un 20% o más de desempleo, como en Europa. ¿Cómo hace para sobrevivir tanta gente si no tiene trabajo?

Parte de la respuesta es, por supuesto, que muchos reciben alguna compensación o seguro de empleo: es poco, pero alcanza para sobrevivir e ir tirando por ahí sin mucha esperanza de conseguir un trabajo nuevo porque el problema es que la economía genera pocas plazas formales y la mayoría de las que crea, salvo algunas pocas, son puestos mal pagados (aunque con seguridad social).

La respuesta, sin embargo, no es la dependencia del seguro de paro. Habrá gente que se la pase peinando la culebra, pero una gran parte de los desempleados (me atrevo a pensar que la mayoría) se dedican a trabajitos precarios, sin garantías laborales de ninguna especie.

Este camaroneo no es exactamente igual al del sector informal nuestro de las ciudades, de vendedores en las esquinas y aceras, sino que es un amplio y denso mundo de subcontrataciones por parte de empresas formalmente establecidas para trabajos a corto plazo, casi siempre, y por lo que se paga cualquier cosa a una fuerza laboral deseosa de ganarse la vida, pero sin capacidad de negociación alguna: o toma el empleo u otro lo agarra.

Algo así como lo que sucede en ciertas plantaciones agrícolas en Costa Rica, que usan el subterfugio de los subcontratistas para evitar relaciones laborales, solo que aplicado al mundo urbano y, muchas veces, para puestos que requieren buenos niveles de calificación laboral.

Los economistas de pizarra siempre salen con la misma receta: flexibilicen el mercado laboral. No tengo duda de que cierta flexibilidad ayudaría a resolver problemas puntuales. Sin embargo, la respuesta de una sociedad a la cuestión de empleo no debiera limitarse a legalizar la precarización del empleo, menos en una época en la que, por otro lado, la desigualdad social se está ensanchando aceleradamente.

Una democracia debe brindar esperanza real a la gente si no quiere terminar en un ritual vacío, aprisionada por los poderes económicos.

Para Costa Rica, el problema de la falta de puestos de trabajo no es un asunto exótico. Tenemos ya varios años de arrastrar un desempleo de alrededor del 10% de la población en edad productiva y no creo que debamos seguir el ejemplo de los países de Europa del sur (además, no hay seguro de paro). ¿Qué hacer? Concertación público-privada, elevación de la productividad de las mipymes y una aún más vigorosa atracción de inversión directa internacional son algunos elementos.

(*)Jorge Vargas Cullell es gestor de investigación y colabora como investigador en las áreas de democracia y sistemas políticos. Es Ph.D. en Ciencias Políticas y máster en Resolución alternativa de conflictos por la Universidad de Notre Dame (EE. UU.) y licenciado en Sociología por la Universidad de Costa Rica.