Por: Nuria Marín Raventós 26 julio, 2015

E l Financiero publicó una nota sobre un estudio realizado a 7.000 estudiantes de 47 universidades del país, que revela cómo estos jóvenes sueñan con ser empleados públicos.

La investigación, que podría evidenciar una nueva generación interesada por lo público, lo que por sí mismo no es malo, desnudó otra realidad. El interés no era servir, mejorar o cambiar el Estado, sino buscar estabilidad y seguridad.

Esto, que para nada es censurable, como tampoco lo es la búsqueda de un mejor balance entre la vida privada y el trabajo característico de los milenio, sí resulta preocupante que una mayoría respondió no “tener interés en ser exigidos”.

Entre el 2008 y el 2010, 3 de cada 5 graduados universitarios engrosaron el sector público, noticia por sí misma positiva en tanto es atracción de talento más preparado para ocupar posiciones en lo público, empero, desalienta que una minoría (entre el 17% y el 22%) buscara ser retada en el desempeño de su trabajo.

¿Error u horror? Por un lado, promovemos el emprendedurismo, la innovación y la búsqueda de mejoras en la productividad y creación de valor agregado, acertadas políticas ante las exigencias de un entorno global altamente competitivo, pero, por el otro, nos preguntamos si las universidades, nuestro semillero del más sofisticado talento, están educando a nuestros jóvenes para ser empleados y con qué actitudes.

Tarde o temprano pagaremos las distorsiones en las remuneraciones que no están alineadas con un mejor servicio público. Llama la atención que en promedio son 150% más altas en lo público que en lo privado, y además existen pluses, como las anualidades automáticas o el tope de cesantía, que duplican los sueldos pagados en el sector privado. ¿Sostenible? ¿Y las pensiones?

Tenemos un sistema caro, complejo y a menudo injusto hasta con los mismos funcionarios públicos. No es posible que para un mismo trabajo existan diferencias de más del 300% entre diferentes empleadores públicos. ¿Qué incentivo tienen los buenos trabajadores, que son muchos, si los mediocres tienen los mismos beneficios?

No se trata de satanizar el sector público, que por cierto es muy necesario y debe contar con el mejor talento, pero este debe estar alineado al interés colectivo. Necesitamos un Estado eficiente, pertinente, que brinde servicios de calidad y que promueva la competitividad de la mayoría de los trabajadores que representan, por cierto, el 80% de las familias de este país.

(*) Nuria Marín Raventós es licenciada en Derecho por la Universidad de Costa Rica y máster en Artes liberales por Harvard University. Es cofundadora y vicepresidenta del grupo empresarial Álvarez y Marín Corporación.