Por: Armando González R. 12 octubre, 2014

El diputado Jorge Rodríguez prefiere un golpe en la cara a un pisotón en la dignidad. No se le puede criticar por eso. Puesto en la dis-yuntiva, ningún hombre honorable escogería de otra manera. Los hematomas sanan, pero una herida en la dignidad es siempre más profunda y la cicatriz, indeleble.

Si la opción parece clara, las razones para anunciarla en el Plenario legislativo no lo son tanto. Un colega le rozó el brazo para recordarle, con una sonrisa, la cercana expiración del tiempo concedido para hacer uso de la palabra. El socialcristiano reaccionó airado y otros diputados, con mejor humor, se permitieron reír.

Solo la más frágil de las dignidades habría sentido un pisotón suficiente para arriesgar la posibilidad de un golpe en la cara. Peor aún, el socialcristiano no parece ser de los que ponen la otra mejilla. Ofreció a sus colegas “esperarlos en cualquier lugar” para resolver las faltas de respeto.

El reto apunta a la existencia de un tercer camino entre el golpe en la cara y el pisotón en la dignidad: un golpe en la cara del prójimo. Metidos en la lógica del diputado Rodríguez, parece la solución idónea. Preserva el cutis, restaura la dignidad e impone respeto. Todo depende de la habilidad pugilística del legislador y la de su contrincante.

Solo resta examinar la posibilidad de celebrar el duelo en “cualquier lugar”. Eso incluiría el Plenario y situaría al Congreso en el plano de algunos países asiáticos, cuyos zafarranchos legislativos son noticia internacional, con grave afectación para la dignidad de su representación popular.

Haría bien el legislador si reconsiderara este aspecto de su propuesta y renunciara a aplicarla en el Plenario. Si aceptara la sugerencia, podría sopesar, además, la posibilidad de no publicitar su predisposición en tan solemne recinto. Sería una actitud más digna de un padre de la patria.

Concluido el episodio, el diputado asignó carácter metafórico a muchas de sus expresiones. No dijo cuáles, pero un puñetazo en la cara es un hecho tan contundente y concreto que deja poco espacio para la licencia poética. Quizá se refería a la tendencia de algunos de sus colegas a poner la cara donde él se sienta. No hay noticia de semejante acontecimiento, cuya concreción en la realidad sería, cuando menos, vecina del fetichismo.

Si no se corresponde con la realidad, la afirmación podría entenderse de alguna manera como metáfora, como el consejo dirigido a los animales de cola larga para que eviten dormir en la calle o la alusión a la inutilidad de un colega no vidente en la posición de guardavallas. No son expresiones dignas de un legislador, pero valgan como horrendas metáforas.

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