Por: Armando Mayorga 29 enero, 2015

El escándalo por la presión del Gobierno a la procuradora general hirió profundamente la poca confianza de los costarricenses en los políticos. En este caso hubo contradicciones, amenazas, silencios inconvenientes y, sobre todo, el uso de puestos públicos para intentar reubicar a una funcionaria que no es del gusto de la Casa Presidencial.

Pero este escándalo también laceró dos relaciones vitales: la de la Casa Presidencial-Procuraduría General de la República y la del Ministerio de la Presidencia-Asamblea Legislativa. La titánica tarea de curar esas lesiones queda en manos del Gobierno, del presidente, Luis Guillermo Solís, y, sobre todo, en su ministro titular, Melvin Jiménez.

Él tiene la responsabilidad de coser esas heridas, abiertas desde la misma Casa Presidencial, y comprender que la figura más lesionada es la suya.

Esto, porque en su propia cara varios diputados le manifestaron desconfianza y hasta reclamos de renuncia “para que no le haga más daño al país”, como se lo dijo la diputada Rosibel Ramos, del PUSC.

Jiménez, quien no da señales de querer irse porque el presidente le da su confianza todos los días, debe tomar más en serio su tarea de ministro. Debe entender que es un constructor, y no un destructor, de acuerdos políticos. Es deseable que genere confianza, y no duda, con sus interlocutores. Debería asimilar que su misión es coordinar, pero para bien, las relaciones del Ejecutivo con el Legislativo; incluso, con diversos sectores sociales, pues hasta ahí queda debiendo, ya que, cuando habla, genera dudas o choques.

En palabras ticas, don Melvin está envalentonado y eso, más bien, se convierte en una carga negativa.

Ahora, entre muchas otras tareas, tiene por delante liderar negociaciones con los 57 diputados y sus nueve partidos sobre proyectos vitales para sacar al país del problema fiscal que amenaza la economía.

Pero su otro frente está en la Procuraduría y en ver cómo la toma en cuenta en los criterios jurídicos para sustentar las decisiones y evitar caer en las equivocaciones jurídicas que ya salen al escenario.

Si a corto plazo no hay logros (porque el país no está para probar por meses si cumple bien, o no, su trabajo), don Melvin Jiménez debe seguir los pasos de Daniel Soley: irse.