Por: Jorge Vargas Cullell 14 mayo, 2015

La democracia representativa moderna hace aguas. En las viejas democracias y en las nuevas, la gente vota y aprecia sus libertades, pero cunde un fuerte descontento ciudadano con la política y sus instituciones.

Los partidos políticos están desacreditados, surgen nuevas demandas sociales que retan al sistema y la toma de decisiones públicas se embarriala por profundos desacuerdos políticos. Hay fatiga por la democracia, una falta de esperanza en su capacidad para responder a las necesidades de bienestar y justicia y, para peor, emergen alternativas autoritarias que autoproclaman ser más eficaces.

Hace solo poco más de veinte años se creía que estábamos en la época de la universalización irreversible del sistema representativo basado en el gobierno indirecto por parte de la ciudadanía (el pueblo elige libremente a sus representantes y estos gobiernan respetando libertades y derechos). En este esquema, los partidos políticos son el mecanismo primordial para enlazar ciudadanía y Gobierno y la separación de poderes del Estado, una garantía para evitar las tentaciones autoritarias.

El desborde de la democracia representativa ocurre por buenas y malas razones. Por el lado positivo, ciudadanías más críticas e informadas están pugnando por nuevas formas de participación y de representación que van más allá de los mecanismos de acceso y ejercicio del poder ideados en siglos anteriores. Hoy, los mecanismos de representación política tradicionales están siendo complementados, atacados o simplemente dejados de lado por nuevos movimientos sociales.

Por el lado negativo, las democracias representativas trastabillan. Aun en los países avanzados se han ido estableciendo oligarquías políticas cada vez más insensibles a la desigualdad.

En América Latina, los Estados de y para la democracia no se llegaron a constituir en muchas partes: sin base presupuestaria y técnica, penetradas por diversos actores, las instituciones no tienen capacidad para tutelar los derechos y surgen nuevos poderes que retan la soberanía de los Estados nacionales, premisa sobre la que sostenía la idea de la democracia representativa moderna.

Vivimos una tensa paradoja: aquí y en otros países no podemos vivir sin democracia representativa, pero ya no nos alcanzan los mecanismos representativos tradicionales para asegurar el buen gobierno. De esta paradoja, pueden salir muchas cosas, la democratización de la democracia o una involución. Nuestra responsabilidad como generación es asegurar lo primero y evitar lo segundo.

*Jorge Vargas Cullel realiza gestión de investigación y colabora como investigador en las áreas de democracia y sistemas políticos. Es Ph.D. en Ciencias Políticas y máster en Resolución alternativa de conflictos por la Universidad de Notre Dame (EE. UU.) y licenciado en Sociología por la Universidad de Costa Rica.