Por: Armando González R. 21 febrero, 2016

La pugna interna del Frente Amplio evoca la época previa a la Guerra Fría, cuando los bolcheviques luchaban sin cuartel por la dirección del movimiento revolucionario. La retórica, al menos, parece tomada de ese tiempo. Hay cargos de trotskismo y colaboracionismo, asomos de purga y, finalmente, una intervención de la máxima dirigencia para acallar el debate público y trasladarlo a recintos cerrados.

La transparencia es para exigírsela a los demás. El Frente Amplio lo dejó claro cuando uno de sus diputados conmovió al plenario legislativo con su discurso de renuncia por enfermedad, pronto desenmascarado como una maniobra para silenciar un escándalo de acoso sexual, muy a pesar del partido, que hizo lo posible por evitar la publicidad del incidente.

Antaño, los protagonistas de las luchas contra el trotskismo tomaban las decisiones en el Buró Político, o en ambientes todavía más cerrados. Pero esos eran partidos comunistas sin disimulo. Una agrupación política diseñada para operar en la sociedad democrática de este siglo no puede darse lujos similares.

La máxima dirigencia del Frente Amplio cree lo contrario y rechaza la molesta intromisión de la prensa. Reclama su derecho a la privacidad con cargos de trato desigual. “No veo que ustedes estén ventilado cada discusión en el PUSC o tendencias que surjan en el PLN”, declaró a La Nación el excandidato presidencial José María Villalta.

La falta de sustento del reproche no puede ser más obvia. En las últimas semanas, el país conoció las tensiones desatadas por la pretensión de reformar el estatuto liberacionista y la confrontación entre aristas y figueristas por dispares interpretaciones de la elección municipal. No menos publicitadas son las disputas en la fracción legislativa del PUSC, donde ya nadie ignora la existencia de desacuerdos irreconciliables.

Mucho menos se ha publicado de la dinámica interna del Frente Amplio, quizá a cuenta de la extrema discreción promovida por sus dirigentes. El país tiene derecho a saber de esos incidentes, no solo por el papel asignado a los partidos políticos en el Estado democrático sino, también, para exigirles coherencia con el socorrido discurso a favor de la transparencia.

Quizá el incidente contribuya, además, a perfilar mejor al Frente Amplio. En el pasado siempre se supo quiénes estaban en la acera de enfrente, denunciando al trotskismo sin pausa. Ahora, los trotskistas abren la oportunidad de conocer mejor al Frente Amplio.