Por: Fernando Durán Ayanegui 19 julio, 2015

Pocos años después del nacimiento de Jesús, un joven romano viaja, con el propósito de averiguar si de verdad Ovidio ha muerto, hasta el puerto del mar Negro donde el poeta fue desterrado por el emperador Augusto. Esto ocurre en la novela El último mundo , en la que el autor, Christopher Ransmayr, introduce deliberadamente muchos anacronismos: por ejemplo, un enano exhibe películas griegas, los desplazados por un terremoto huyen en autobús y el marinero Jasón –el del vellocino de oro– hace calentar las calderas de su paquebote Argos.

Pero cuando los lugareños cuentan que acaban de pasar por tres años sin primavera, nos pareció que no se trataba de un anacronismo adicional, todo porque no caímos en la cuenta de que ahí el autor juega con un hecho histórico poco conocido aunque bien documentado.

Casiodoro, especie de primer ministro visigodo del siglo VI, dejó testimonio de que en Italia hubo –y lo mismo ocurrió en todo el planeta– varios años de “inviernos sin tormentas, primaveras sin suavidad y veranos sin calor”, fenómeno que –esto Casiodoro no podía sospecharlo– fue un efecto de la gigantesca explosión volcánica ocurrida en la misma época en Krakatoa, isla del océano Índico, de una lluvia de meteoritos o de la combinación de ambas.

La nube de polvo resultante generó un cambio climático global que desarticuló la agricultura y la ganadería de gran parte del planeta y trajo hambrunas y pestes que acabaron con, al menos, un tercio de la población de Europa. Podemos decir que aquella vez algunas civilizaciones salieron bien libradas porque las partículas de polvo que oscurecieron el sol tardaron pocos años en caer para dar paso al retorno de la normalidad climática de la época, y no hicieron desaparecer más allá de la mitad de la especie humana.

Surge así la tentación de imaginar lo que Casiodoro y otros testigos presenciales del hecho habrían escrito si hubiesen contado con tanta información como cuanta tuvo a su alcance en el siglo XXI el líder de la erradicación de la viruela, el microbiólogo australiano Frank Fenner, quien, tomando en cuenta que la basura gaseosa vertida en la atmósfera está formada por moléculas que no desaparecerán en dos años ni en dos siglos, advirtió antes de morir en el 2010 que, sin importar los esfuerzos que hagamos ahora, es demasiado tarde para salvar a la especie de su inminente extinción. Deberían dedicarles, a Fenner y a Casiodoro, la conferencia sobre el cambio climático por celebrarse en París el próximo diciembre.

(*) Fernando Durán es doctor en Química por la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la Universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector en 1981.