Por: Eduardo Ulibarri 8 junio

Las mentiras y medias verdades, la imposición de criterios oportunistas sobre argumentos técnicos y la atribución de serias faltas a otros para expiar las propias, son vicios frecuentes de la política. Lo infrecuente es que se conjuguen y detonen en un lapso de pocos días y en el seno de un gobierno que ha predicado valores contrapuestos. Pero así ha ocurrido durante la más comprometedora semana (esta) enfrentada por el presidente Luis Guillermo Solís desde que asumió el poder. Me refiero al plan para modificar los salarios de altos funcionarios, la solicitud de renuncia a la presidenta de la Caja por ejercer su autonomía y el regaño de la Contraloría al Ejecutivo por denunciar sin fundamentos a jerarcas de otras administraciones que supuestamente habían recibido incentivos indebidos.

De lo mucho que estos casos revelan, una faceta me preocupa especialmente: el desarticulado proceso para la toma de decisiones que parece imperar en Zapote.

En medio de las versiones contrapuestas sobre los hechos, hay una que, aunque muy comprometedora, el presidente ha defendido a capa y espada: su ignorancia de lo que estaba ocurriendo. Según ha dicho, no se enteró del contenido de la lista enviada a la Contraloría por el ministro de la Presidencia, no supo que el plan sobre salarios había sido elaborado por su viceministro y la decisión de elevar en un punto porcentual el aporte obrero a las pensiones de la Caja lo tomó por sorpresa.

Pero resulta que el plan salarial es parte de las delicadas negociaciones sobre reforma fiscal; la lista, una operación de embarre del más alto riesgo; y las contribuciones, una variable crítica para la sostenibilidad del sistema de IVM. ¿Cómo ignorarlo?

Un presidente no puede estar en todo; debe delegar. Pero la delegación, sobre todo en asuntos tan críticos, obliga a coordinar, supervisar, cuidar detalles y asumir consecuencias. Es lo contrario de desentenderse.

Ya en otras ocasiones se ha hecho público cierto desdén presidencial por la gestión de su cargo. A menudo ha actuado como si fuera un agente externo o un generador de símbolos, no el epicentro de las decisiones. Puede entenderse (no aceptarse) que ocurriera así durante un corto aprendizaje. Más de tres años después, es injustificable.

(*) Eduardo Ulibarri es periodista, profesor universitario y diplomático. Consultor en análisis sociopolítico y estrategias de comunicación. Exembajador de Costa Rica ante las Naciones Unidas (2010-2014).