Por: Eduardo Ulibarri 20 julio

Caso uno: por años, ningún estudio actuarial sobre las pensiones del IVM se salvó de las críticas. Al fin, uno de la UCR estableció la base fáctica aceptada. Pero una “nota técnica” de la Organización Internacional del Trabajo ha reavivado las dudas. Caso dos: los diputados que autorizaron en primer debate el paso extemporáneo de un grupo de educadores del IVM al fondo del magisterio adujeron que no sabían a qué datos “creerles” sobre el impacto de la medida. Tampoco averiguaron. Al menos, la decisión está en suspenso.

Caso tres: un estudio de la Academia de Centroamérica sobre costos y resultados de las universidades estatales fue abordado por algunas, sin motivo, como una agresión, pero al menos aceptaron una verdad incómoda: no disponen de series de datos relevantes y estandarizados para evaluar su desempeño. Caso cuatro: la comparación de tarifas eléctricas entre Costa Rica y el resto de Centroamérica se ha vuelto casi imposible: hay tantas categorías que, hasta ahora, prevalece la confusión.

Vivimos en la era del big data. Nunca antes había existido tanta oportunidad, capacidad y rapidez para capturar, acumular y procesar datos destinados a escrutar realidades y tomar decisiones. Su potencial es enorme. Pero la inflación de orígenes y resultados también ha hecho que nunca haya existido tanta facilidad para la manipulación. Por esto vivimos, también, la era de las realidades paralelas o alternativas; es decir, de la posverdad. Su lógica es perversa: si nuestra posición y argumentos son débiles, alteremos, ocultemos, enredemos y hasta fabriquemos datos. Multipliquemos sus fuentes, aunque carezcan de seriedad. Demos la impresión de que el debate no es sobre el rigor de las ideas o la justeza de las decisiones, sino sobre versiones de la realidad. De este modo, cada cual escoge la que más se acomode a sus convicciones o prejuicios.

Para determinar las mejores políticas en pensiones, inversiones educativas, energía y otros temas, debemos disponer de hechos y cifras sólidos y relevantes. La necesidad es imperiosa. Si no, la acción se entraba, el statu quo se fortalece y la discusión sufre. Por esto la higiene fáctica, por llamarla de alguna manera, debe abordarse como componente esencial de la transparencia y la democracia.

(*) Eduardo Ulibarri es periodista, profesor universitario y diplomático. Consultor en análisis sociopolítico y estrategias de comunicación. Exembajador de Costa Rica ante las Naciones Unidas (2010-2014).