Por: Jaime Daremblum 27 junio

Mucho antes de la tragedia de las Torres Gemelas en Nueva York, el 11 de setiembre del 2001, gestada por el ultraterrorista Osama bin Laden, otro demonio de la muerte y la destrucción soñaba en Alemania con borrar del mapa a Estados Unidos. Era Adolf Hitler, el führer del proyectado imperio nazi, causa y origen de la Segunda Guerra Mundial, quien fraguaba trasplantar a Estados Unidos su modelo racista y genocida.

Como sabemos, ya a inicios de los 40, la suerte de la Segunda Guerra Mundial dejó de sonreírle a Hitler. La causa primordial de este vuelco en los pronósticos militares de la época fue el ingreso de Estados Unidos a la guerra del Pacífico, generado mayormente por los desmanes del alto mando nipón, aliado de Hitler, con su ataque masivo en Pearl Harbor.

En esa tesitura, Hitler, quien entre otras cosas se creía el máximo estratega de todos los tiempos, pensó que le caería muy bien al mundo conocer las críticas debilidades que aquejaban a Estados Unidos. Concibió así el plan de enviar subrepticiamente a Norteamérica equipos de saboteadores, quienes, mediante la voladura de puentes, hospitales, plantas eléctricas y otras estructuras esenciales, sembrarían la confusión y el desorden por todo el país.

El mando supremo de las fuerzas armadas del Tercer Reich aplaudió la brillante idea del Führer y procedió a escoger un equipo inicial de ocho reclutas que serían adiestrados para ejecutar el proyecto de Hitler. En efecto, el siniestro team se trasladó en U- boats a las costas vecinas de Nueva York.

El arribo se produjo el 13 de junio de 1942. Esa misma noche los saboteadores nazis fueron vistos en la playa por un patrullero de los guardacostas, por lo que rápidamente se dispersaron. Por la mañana, el conjunto alemán fue capturado. Uno de los alemanes se ofreció a llamar al número de contacto de los restantes saboteadores y así fueron arrestados.

El corolario de la aventura fue un festín de propaganda para el FBI. Finalmente, los apresados fueron juzgados y condenados a muerte, lo cual se cumplió. Dos de ellos fueron perdonados por Franklin Roosevelt para cumplir largas sentencias de prisión.

En los años 80 un testimonio en granito para los alemanes ejecutados fue descubierto accidentalmente en los alrededores de Washington. El monumento indicaba que era una ofrenda del partido nazi de Estados Unidos, disuelto a inicios de los 90. Pareciera que esto fue el final de la crónica.