Por: Jorge Vargas Cullell 10 diciembre, 2015

Han vuelto, puntuales, los atardeceres fríos cargados de anaranjados con celeste. Sí, señoras y señores, se nos acaba el año y otra vez a sobrevivir la atracada de tamales y a penar estoicos el frenesí de villancicos en los comercios (¿será posible pedir tregua para no escuchar por millonésima vez El portal de Belén?).

No sé ustedes, pero viendo todos los anuncios del periódico y los mensajes con ofertas que me entran al celular (por cierto, ¡muchas gracias por ser tan necios!), me invade esa sensación de que algo bien torcido ocurre en nuestro sistema financiero.

¿Quiero un carro nuevo? Me tramitan el préstamo en horas. ¿Quiero una refri de esas que cantan y bailan? Me la tiran a pagos pero ya, ya. ¿Un tele vulgarmente grande para ver bien las rumberitas de El Chinamo? No se preocupe, m’ijito, es suya si firma el papelito.

En fin, lo que es consumo, los bancos, financieras y comercios lo financian sin pestañear... si usted tiene alguna capacidad de pago donde rascar. Y, por supuesto, para la gente que se excede, las casas de empeño están que rebotan poco tiempo después.

Pero ¿qué pasa si usted, el mismo usted que fue y le dieron plata para el carro nuevo, va a otra ventanilla y pide financiamiento para un emprendimiento o para comprar maquinaria nueva? Al solicitar financiamiento para producir, de repente la cosa se pone empinada y el señor de la ventanilla arruga la cara, saca un papel con los 36 requisitos y dice: “Lo más importante es que me traiga certificado, con firma de su bisabuelita, del tipo de sangre de la mamá de ella”. Y si usted es un joven con una idea novedosa, un start up, se equivocó de país o, al menos, de sistema financiero.

Hoy, consumir en Costa Rica es muy incentivado, incluso más allá de las posibilidades económicas de las personas; en cambio, producir es desalentado. Es más, hay gente que obtiene financiamiento rápido para producir tomando un préstamo personal, por cierto a las tasas de interés más altas posibles. Sin embargo, la cuestión no es solo que con inflación cero seguimos teniendo tasas activas reales altas, pese a las disminuciones recientes: el asunto de fondo es la distorsión antiproductiva de nuestro sistema financiero.

Entiendo que los actores privados del sistema financiero estén en lo suyo, pero ¿y los bancos del Estado? ¿Para qué queremos los bancos más grandes del mercado si no es para impulsar la producción, abrir el crédito barato a sectores productivos, fomentar la innovación productiva? No solo necesitamos reforma fiscal, sino también reforma financiera.

Jorge Vargas Cullell es gestor de investigación y colabora como investigador en las áreas de democracia y sistemas políticos. Es Ph.D. en Ciencias Políticas y máster en Resolución alternativa de conflictos por la Universidad de Notre Dame (EE. UU.) y licenciado en Sociología por la Universidad de Costa Rica.