Por: Juan Carlos Hidalgo 14 mayo

Tras ver el triste espectáculo que el PLN nos ha regalado desde la convención interna del 2 de abril, resulta incomprensible que aún haya gente que seriamente considere que el país estaría en buenas manos si los verdiblancos volviesen al poder. Más bien, el apoyo menguante de ese partido parece radicar cada vez más en el tribalismo que en la razón.

Empecemos por la convención. El interminable proceso de recuento de votos –empañado por retrasos, suspensiones y cuestionamientos– ha servido de analogía sobre cómo la inutilidad de dos gobiernos liberacionistas convirtió al puente de la platina en un monumento a la incompetencia estatal.

Pero esa no es la peor parte. Los principales candidatos verdiblancos han llegado incluso a acusarse de cometer fraude. Ellos conocerán mejor que nadie el manual de “buenas” prácticas electorales del PLN. El Tribunal de Elecciones del partido ha anulado varias mesas por “manipulación deliberada”, pero aclara –respiro– que estas afectaron a ambos bandos. Se puede encontrar un ambiente más distendido en un nido de alacranes.

Cajita blanca también para quienes creen que el PLN vendrá a resolver los problemas estructurales que creó en el primer lugar. Tan solo veamos cómo sus diputados se aliaron hace poco con los del Frente Amplio para enterrar una modesta propuesta de reforma a las pensiones del Poder Judicial tras un pacto de Antonio Álvarez Desanti con los sindicatos de la Corte.

Y luego tenemos el papelón del primero de mayo. En su búsqueda de poder –la única ideología que conoce– el PLN encumbró en la presidencia del Primer Poder a un cuestionado predicador evangélico fundamentalista; una movida que le causó nauseas a propios –algo no tan fácil– y extraños. Álvarez incluso lo calificó como su “mano derecha” en el Congreso.

Como si no fuera poco, la incompetencia liberacionista salió a relucir de nuevo con la elección de Silvia Sánchez como vicepresidenta legislativa –a pesar de no contar con la edad mínima establecida en la Constitución para el cargo–. Álvarez justificó el entuerto diciendo que él no “le pregunta la edad a una dama”. Mejor que cuente una de vaqueros.

Un nuevo gobierno del PLN sería una combinación tóxica de incompetencia chinchillista, mercantilismo arista, evangelismo arayista, más la corrupción generalizada que es el sello de agua infaltable de las administraciones liberacionistas. Costa Rica merece algo mejor.