Por: Fernando Durán Ayanegui 9 noviembre, 2014

Un problema diferente se presenta cuando la publicidad se confunde con la propaganda, o viceversa. En este ámbito tampoco sabemos qué fue primero, el huevo o la gallina, aunque alguien nos convenció hace mucho tiempo, con un argumento evolucionista, de que primero fue un huevo… que no era de gallina. La propaganda es el instrumento básico de todos los políticos, y no solo de los “goebbelsitos” que se desempeñan como palaciegos encargados de prensa. Ellos saben muy bien que ningún ciudadano se detendría frente a un semáforo en verde a reflexionar en torno al afiche laudatorio de un candidato semicompetente o semihonrado.

“Aunque nos ganaron dos a cero, nosotros jugamos mejor”, declaraba el entrenador de un equipo de fútbol al finalizar el partido. ¿Propaganda? ¿Publicidad? “Qué raro”, habrá pensado Jaimito el distraído, “en mis tiempos opinábamos que el que jugaba mejor era el que más goles anotaba”. Y es que Jaimito tiene derecho a ser tan ingenuo como el elector que, nueve meses después de las elecciones, se golpea la cabeza contra la pared porque el partido por el que votó se anunciaba como “el de la ética” y ahora se ve tan enfangado como una vieja alpargata de boyero.

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