Por: Armando González R. 7 septiembre, 2014

Una entrevista con el presidente de la República, publicada el viernes por La Nación , muestra a un gobernante en procura de conducir el debate nacional por caminos constructivos, pero confundido por la diversidad de las críticas a su gestión y la variedad, también, de las fuentes de donde emanan.

Identifica el mandatario a un sector “encantado” con el Gobierno cuando defiende el modelo de atracción de inversiones, pero menos entusiasta frente a otras decisiones. Habría sido bueno precisar las razones de la disconformidad para juzgar, entonces, la coherencia entre las quejas y los elogios, así como someter a discusión la legitimidad de los cuestionamientos.

El elogio de la inversión extranjera es completamente consistente con la preocupación por el déficit fiscal, su ensanchamiento a partir del generoso aumento salarial concedido al sector público y la gran cantidad de recursos puestos a disposición de las universidades para mantener una política de salarios crecientes, a ritmos insostenibles.

Pero el ilusorio contraste hecho por el mandatario entre la defensa de la inversión extranjera y la crítica fundada en “otras razones”, no especificadas, conduce a inferir la existencia de sectores contradictorios en su egoísmo, incapaces de pensar en el bien común y dispuestos a elogiar, exclusivamente, lo que les conviene.

Hay sectores con esas características, tanto en el ámbito empresarial como en el laboral y en el académico, pero en cada uno de ellos existen personas comprometidas con el bien común y convencidas del valor de sus posiciones. La coherencia de su pensamiento no se puede medir a partir de un acuerdo o un desacuerdo, más o menos constante, con las políticas del Ejecutivo.

El implícito reclamo de incoherencia formulado a quienes respaldan la atracción de inversiones, pero no el incremento del gasto público, carece de sentido y conduce a una caracterización, o estigmatización, fundada en generalidades que en nada contribuye al sano debate político. No es esa la intención del presidente, pero ese es el efecto de las declaraciones.

Permítame, don Luis Guillermo, estar de acuerdo con su política contra la corrupción, su defensa del Sistema Interamericano de Protección de los Derechos Humanos, su gestión a favor de la atracción de inversiones, su apertura al diálogo, su preocupación por el problema energético y otros tantos temas. Concédame, al mismo tiempo, la posibilidad de discrepar del presupuesto destinado a las universidades, el aumento concedido a los servidores públicos y la promesa de posponer la reforma fiscal. No me haga parte, por eso, de un difuso sector contradictorio o convenenciero.

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