Por: Fernando Durán Ayanegui 21 octubre

La revelación conocida como Panama Papers es el resultado del trabajo de un conjunto de investigadores, principalmente periodistas, de diversos países. A quienes se preguntan si fue válido que el periodismo tomara esa iniciativa transnacional, les adelantó la respuesta Claudio Magris al describir, hace nueve años, nuestra época como aquella “en la que la globalización que embiste al mundo también implica al derecho —es decir, las maneras con las cuales se debe tutelar a las personas, expuestas a la fuerza de un mecanismo sustraído de toda experiencia directa y sujetas a un poder o a poderes que a menudo resulta difícil no solo controlar, sino incluso particularizar—”.

El derecho al que se refiere Magris incluye el papel de las estructuras políticas: no solo las de las establecidas en las constituciones, sino también las de las creadas por ciertas normas no codificables y aplicadas de manera natural por las colectividades nacionales. Por ejemplo, las sociedades modernas —por no decir civilizadas— perciben a la prensa como un “cuarto poder” del Estado que tiene, tanto como los otros tres, la misión de sugerir y crear mecanismos de adaptación a la aceleración de los cambios impuesta por la globalización.

Los Panama Papers son un producto natural de la globalización porque esta es, sin duda, el origen del fenómeno investigado: una torrencial convergencia, si no ilegal por lo menos sospechosa de serlo, de capitales no siempre diáfanos en un paraíso fiscal que, a su vez, forma parte de lo que podríamos llamar la red de centros protectores del capital dudoso; la muestra clara de que las soberanías de los Estados son tan vulnerables al trasiego incontrolado de grandes capitales como lo son las fronteras nacionales al sobrevuelo de las aves de rapiña. En consecuencia, para ser eficaz, la investigación periodística tenía que ser globalizada y, por tanto, multinacional.

Ahora, los políticos de Malta aludidos en los Papers son los obvios sospechosos de haber urdido el asesinato de una de las periodistas investigadoras. Pero, dado que los malteses ya habían absuelto, con el respaldo electoral, a los dirigentes supuestamente corruptos, existe la posibilidad de que el crimen haya sido, más bien, ordenado desde otro país con el fin de amedrentar al periodismo de todo el mundo.