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Actualizado el 08 de febrero de 2015 a las 12:00 am

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No pocos especialistas en educación ponen especial énfasis en la supuesta contribución de la escuela a la movilidad social, cuando la verdad es que, al menos en lo tocante a la escuela pública de ciertos países, tal contribución es muy discutible. Tiene más solidez la argumentación sobre el valor de la educación como instrumento potenciador del “capital humano”, entendido este como la suma de todas las capacidades que, adquiridas mediante adiestramiento por los miembros más vulnerables de la sociedad, pueden ser útiles para aumentar la reproductividad de la riqueza ajena.

Hubo países en los que se valoraba por lo alto al cornaca, el zoopedagogo que enseñaba a los elefantes a acarrear pesos enormes, y en el siglo XVIII, en las Antillas, a cada esclavo se le declaraba un precio proporcional a su destreza para realizar los trabajos más penosos, sin que en ningún caso significara, para los paquidermos o para los esclavos, sentirse zoológica o humanamente realizados. De modo que no es descabellado que ahora, en la medición de la riqueza colectiva, se le asigne a cada diploma escolar un valor económico dado, de donde ocurrirá que algunos diplomas ostentarán un precio igual al de un elefante o un esclavo moribundo.

Más allá de la educación elemental, las cosas podrían ser parecidas. Nos llamó la atención el gran número de universidades militares –una contradicción de términos como tantas en las que poco nos fijamos– que participaron el año pasado, en Moscú, en la parada conmemorativa de la derrota de la Alemania nazi, y nos esforzamos por imaginar cuáles son las carreras que se imparten en una alma mater castrense. Concluimos en que no deben de diferir demasiado de las que se ofrecen en muchas universidades “humanísticas” del continente americano y de Europa occidental, sobre todo porque, pensando en el agudo afán de lucro que mueve a algunas empresas dedicadas a la industria de la enseñanza superior y –ejemplo muy puntual– en los interrogatorios humillantes, rayanos en la estolidez, a los que se somete a los estudiantes pobres en las oficinas de becas de las universidades públicas de Costa Rica, vamos sospechando que también en estos lares se imprime moneda académica falsa. No debería extrañarnos que, como lo sugerimos para la renovación urbanística en esta columna del pasado 28 de diciembre, estuviésemos cerca de promover la capacitación gratuita de los pobres en universidades holográficas, lo que nos llevaría a graduarlos únicamente como profesionales virtuales.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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