Por: Nuria Marín Raventós 9 septiembre

La fractura de cráneo de un aficionado a manos de un miembro de una barra contraria es un recordatorio del peligro que representan estos grupos en los estadios si el problema no se aborda de manera adecuada.

Guardo gratísimos recuerdos de cuando compartíamos en familia las idas al estadio, las empanadas de Mima en Alajuela o los pastelitos de Guita en el Saprissa, y las fuertes emociones ante un gol, una victoria, o el dolor de una pérdida, lo que me encantaría replicar con mis nietas.

Lo sucedido, las detenciones en cada partido, y otros actos de violencia, deben advertirnos del peligro de que algunas de estas barras se conviertan en maras, fenómeno que aqueja a los países del Triángulo Norte.

Modelo importado de Estados Unidos, las maras son producto de la deportación masiva de centroamericanos migrantes en los 80 que volvieron con las malas prácticas de las pandillas de Los Ángeles. Hemos tenido la suerte de no tenerlos aquí, pero debemos blindarnos para que siga así.

Si bien en las barras hay jóvenes sanos que van a apoyar a su equipo, también hay liderazgos negativos. Las peñas, que operan con grandes similitudes con las maras en tanto son estructuras jerárquicas, operan como semilleros para el crimen y las drogas, dan a sus miembros sentido de poder, pertenencia y de seguridad grupal.

Las autoridades policiales han advertido cómo la concentración de estos grupos en los estadios son sumamente peligrosos y difíciles de dominar. Preocupa cómo la Policía y los clubes optaran por pasarse la culpa; vía siempre fácil.

Celebro que la Federación convocara a una reunión entre el Ministerio de Seguridad y los clubes, la vía correcta que sugiero retomar es el programa liderado por la exviceministra de Justicia Mayela Coto con muy positivos resultados.

Prohibir las barras no es la opción, hay jóvenes valiosos cuya pasión por el fútbol podemos utilizar como estímulo para generarles oportunidades y reforzar los liderazgos positivos, ojalá de la mano con la empresa privada.

A quienes usen el fútbol para delinquir o promover violencia, hay que identificarlos, impedirles el ingreso y aplicarles la ley. Recuperemos las prioridades, protejamos el derecho al sano esparcimiento con estrategias que inteligente e inclusivamente aborden el problema.