Por: Jorge Guardia 11 septiembre

La caída de la inflación en agosto desató los más diversos (y adversos) comentarios.

Unos cuestionaron al Banco Central por haber anunciado una tendencia al alza sin que le sonara la flauta; otros —cuyo deporte intelectual o compromiso político es cuestionar todo lo que emana de esa institución— señalaron cierta inconsistencia con otras variables (tipo de cambio, expectativas) para sugerir que hay gato encerrado; y no faltó quien dijera que la caída era obra de una maléfica política monetaria, incompatible con el crecimiento y el empleo.

Yo, en cambio, me alegré de la baja inflación. Como exbanquero central, sigo comprometido con la estabilidad, con prescindencia de banderías políticas. Me gustaría ver anclada la inflación en un 2 %, como en los países avanzados, por los beneficios económicos y sociales que apareja: mejora la competitividad, da más confianza e inversión, mayor crecimiento y empleo, protege al asalariado y, además, reduce la pobreza.

El IPC acumulado a agosto se moderó (0,91 %), pero el índice subyacente de inflación, que marca con más propiedad la tendencia a largo plazo, es mayor (2,43 % a junio). Lo observado en julio y agosto responde a una mayor oferta de cultivos (chile, tomate), pero retomará su tendencia para insertarse en la meta, rayana del rango inferior (2 %). Esa baja inflación es afín al promedio de los grandes (1,8 % en el 2018), bajo la égida de una nueva realidad ( the new norm ): el mundo se orienta a inflaciones menores. Costa Rica haría mal en atizar la suya, pues le restaría competitividad. Lo irónico es que, en vez de estabilidad, algunos prefieran lo contrario. Es un enfoque errado porque revierte (pervierte) las relaciones de causalidad: entre más devaluación, más inflación (círculo vicioso); entre menos inflación, menos devaluación (círculo virtuoso).

El remezón de mayo-junio disparó el tipo de cambio, pero luego volvió a bajar y no parece haber afectado aún el IPC. Las expectativas de inflación se redujeron de 3,5 % a 3,1 %, indicativo de que la inflación actual podría subir levemente, pero no se va a disparar. El ajuste en las tasas de interés, comedida política crediticia y baja inflación internacional auguran un período de estabilidad el resto del 2017 y principios del 2018. El reto (riesgo) es si, después de mayo, se mantendrá. Me preocupa que quienes lleguen se obsesionen en devaluar a la brava e impongan gravosos niveles de inflación sobre productores, consumidores y trabajadores.