Por: Fernando Durán Ayanegui 15 marzo, 2015

Nos deja estupefactos la destrucción de invaluables tesoros artísticos y de recuperaciones arqueológicas de antiguas civilizaciones, perpetrada por los fanáticos del califato islámico y de grupos africanos afines. No hay nada que explique, y menos justifique, un comportamiento que solo puede ser considerado un impulso de animalidad imposible de atribuírselo a la materia viva pensante de la que creemos formar parte.

El perturbador impacto de este comportamiento produce en nuestra mente una asociación de ideas que, como disgregadas cuentas de un collar roto, nos conminan a encontrarles un hilo unificador.

Pensamos, entre otras cosas, en las grandes guerras del siglo XX con sus destrucciones y sus masacres; en el Adagio en sol menor de Tomaso Albinoni –rescatado en 1945 por el músico italiano Remo Giazzoto a partir de un ínfimo fragmento de la partitura original hallado entre los escombros de la Biblioteca de Dresde–; en el épico rescate egipcio de los monumentos de la ciudad sumergida de Herakleion; en la laboriosa restauración de nuestro sitio arqueológico de Guayabo; en los ciudadanos finlandeses y rusos que, en medio del frío y el hambre, excavaban en la tierra congelada refugios para proteger de las bombas las obras de arte de sus museos. Pensamos, en suma, en los miles y miles de mujeres y hombres que en todo el mundo se afanan por crear, conservar y reconstruir los testimonios de la civilización y, al mismo tiempo, en las legiones de trituradores de la cultura bajo el siniestro pretexto de la guerra.

Quizá un hilo apropiado para unir esas dispares cuentas sea Matadero Cinco, el libro del estadounidense Kurt Vonnegut sobre la salvaje devastación de Dresde, efectuada en 1945 por la aviación aliada y de la que él fue sobreviviente por haberse hallado ahí como prisionero de guerra en trabajos forzados.

Al despedirse, terminado el conflicto bélico, un compañero de cautiverio le preguntó: “Kurt, ¿cuál es la más importante enseñanza que te ha dejado esta guerra?”. Respondió Vonnegut: “Que nunca más debo creerles a nuestros gobernantes”. Se refería al hecho de que el presidente de Estados Unidos se había comprometido a no permitir que las fuerzas armadas de ese país bombardearan ciudades inermes; pero tan solo con el infierno desatado sobre Dresde, la aviación angloamericana destruyó tantos monumentos y obras de arte, y calcinó a tantos civiles inocentes como los que podrán destruir y calcinar en varios años los bestiales yihadistas de ahora.

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