9 mayo, 1995
Marcela Angulo
Marcela Angulo

El suicidio del niño Carlos Alberto Machado Cerdas, ocurrido la semana pasada en Pavas, desencadenó una reacción conmovedora en padres y madres de toda condición socieconómica, a lo largo y ancho del territorio nacional.

Expertos en sicología clínica y en el tratamiento y prevención de las agresiones infantiles dentro del seno familiar se mostraron consternados por el hecho y formularon diversos consejos en los medios de prensa.

No obstante, aunque hubo sentido común en el diagnóstico y en muchos de los consejos, se dieron también excesos al pretender inculpar de la tragedia, de manera precipitada, al padre, la madre, o a ambos... y hasta a los maestros.

?Pero, quién --aparte de un psicólogo o psiquiatra experimentado-- está técnicamente preparado para presumir y evitar la acción autocriminal de un pequeño?

La esencia del problema no está en ser un experto más o menos calificado en materia de suicidios. Radica en la falta de amor y en la poca atención que los adultos brindan a sus hijos, alumnos, parientes y amigos.

No se puede hablar de prevención frente a las actuales condiciones de desintegración familiar, de educación masificada y de falta de valores morales. Tampoco ayuda el tipo de políticas sobre los menores abandonados o víctimas de las agresiones que ha emprendido este Gobierno a través del PANI.

De los niños, es más fácil interpretar sus acciones, sin siquiera escucharlos, que tratar de comprenderlos y contener los insultos y las reprimendas violentas.

El enfoque negativo con que se visualizan sus conductas va modelando, de esta forma, individuos de baja autoestima que se repudian a sí mismos y que pueden llegar a convertirse en suicidas jóvenes o adultos pues, desde temprana edad, comienzan a alimentar la tendencia a quitarse la vida, la cual concretan años más tarde.

Y no olvidemos que, de por medio, también está la voluntad de Dios.

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