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Actualizado el 09 de mayo de 1995 a las 12:06 pm

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Édgar Espinoza
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Édgar Espinoza
Hace poco llegó mi hijo menor, de 12 años, y me dijo a quemarropa: "Papi, dice mi 'tícher' que si nos acompañas al paseo que los de mi año vamos a hacer al teleférico del Parque Braulio Carrillo".

Le respondí en un segundo, pero vean todo lo que silenciosamente pasó por mi cabeza en ese lapso, como si más bien éste hubiera sido de un siglo:

"No, no puedo. Es imposible. Justo ese día tengo mucho trabajo. Me reúno con fulano para ver tal asunto; almuerzo con mengano para tal otro... No, definitivamente no puedo. Además, tengo que visitar a un cliente a tal hora para entregarle un trabajo atrasado". "¡Qué tirada! Y si no voy ?cómo se irá a sentir el chiquito? A lo mejor, en el fondo de esos ojos que me lo están pidiendo, porque son sus ojos lo que me lo piden y no tanto su maestra, está la ilusión de un sí mío y yo le voy a decir un no. ?Qué hago?"

"No, no. Es imposible que lo acompañe. No debo dejarme llevar por estúpidas sensiblerías. No puedo perder ese día en un viaje inútil a la montaña. ?Y mi trabajo? ?Y mis negocios? Además, de eso vivo y vive mi hijo. De lo que gano trabajando le pago los mismos estudios. Sí, definitivamente es más importante quedarse trabajando por él mismo, por su propio bienestar, que ir al paseo".

"Pero por otro lado quizá él espera que yo lo acompañe. Tal vez aliente la esperanza de llegar donde la maestra con el sí como una forma de quedar bien. Hasta probablemente se sienta estimulado por el éxito de su gestión si logra que yo acepte. Justamente el problema familiar de este tiempo es que los padres nunca tenemos tiempo para los hijos porque consideramos más importante lo otro, la plata, el viaje de negocios, el desayuno ejecutivo, la mesa redonda, lo material..."

"No, Edgar, estás equivocado con tu apreciación: tu prioridad es trabajar; de eso viven vos y tu familia. Para eso le pagás a la maestra, o a la escuela, para que cuide y eduque a tu hijo. No podés dejar de lado tus obligaciones. Además, ya te comprometiste para ese día con tus clientes. Es un error y hasta una irresponsabilidad irte un jueves de paseo con los niños".

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"Me está mirando, lo veo. Espera mi respuesta. El va a entender perfectamente que yo tengo mucho qué hacer. De todas maneras, el acompañarlo a un paseo con los de su año es cosa más de mamás que de papás. La función del papá es otra. Además, él no va solo; va con mucha gente y se va a sentir igualmente entretenido".

De repente, todos esos pensamientos que se cruzaban como relámpagos por mi conciencia, se detuvieron por una fracción de segundo y lo miré directo a esos ojillos que también me miraban aguardando la respuesta. Y me pregunté ?cuántos pensamientos habrán pasado también por su cabecita en este segundo sin mi contestación?

Lo agarré fuerte por los hombros sin quitarle la vista de la suya y antes de darle mi respuesta, me respondí a mí mismo con cierta furia interna: "!Al carajo todo; me voy al paseo! El me necesita y yo lo necesito a él. Nada podrá hacermos más felices que estar juntos ese día". Cuando le dije "!Sí, gordo, por supuesto; te acompaño!", su expresión se iluminó, bajó su cabeza como queriendo disimular un poco su emoción, y me dijo "!Gracias, papi!"

Cuento esta historia a propósito de tanto niño que a diario nos ponen a prueba a los papás y mamás. Con frecuencia tendemos a relegar o postergar con mil pretextos esa presencia y afecto que reclaman de nosotros. Gracias a Dios esta vez no le fallé y pudimos gozar juntos del paseo que, a muy poco de cumplir mi medio siglo, me hizo sentir otra vez niño.

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