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Actualizado el 06 de mayo de 1995 a las 11:08 am

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Édgar Espinoza
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Édgar Espinoza
Yo digo que en aras de la estabilidad familiar, tan quebrantada en este tiempo, el cuarto principal de los esposos debería tener siempre dos baños: uno para él, y otro para ella.Es innegable que la era del excusado de hueco en el patio fue tremenda y que meter éste después en la casa, y más tarde en la alcoba nupcial, fue un acierto de la modernidad, pero con el tiempo se ha demostrado que si no hay uno para cada uno dentro de la misma habitación, el divorcio es inminente.

En una época en que él y ella se levantan a la misma hora y ocupan el baño a la misma hora y con la misma urgencia, el sistema no funciona porque si la mujer dura una hora sombreándose las ojeras y secándose la pava, el marido dura otra afeitándose y siguiendo al pie de la letra frente al espejo, las rutinas musculares que aparecieron en el último número de la revista "Muscle".

Y es que eso de andá vos primero y después yo para quedarme durmiendo otro ratico no funciona, no solo porque los dos andan con el tiempo tallado, sino porque probablemente al marido le guste leer todo el periódico, suplementos incluidos, bien sentadazo en el baño, y ya solo ese detalle va contra la sana convivencia matrimonial, pues con igual derecho la mujer querrá tomarse su tiempo para elegir y modelar el vestido que mejor le va con la pintura de ojos.

Porque eso de que mientras ella se alisa las pestañas, él está detrás lavándose los dientes o robando lo que queda de espejo para esconderse la calvicie de la frente con pelos de la nuca, no es nada cómodo. Esas sutilezas de la vanidad demandan buen espacio y cierta holgura, ya que el menor error en el delicado arte de componerse la apariencia puede dar al traste con la imagen de cualquiera.

Y es que la posibilidad de que alguno de los dos recurra al baño de los chicos es sencillamente inútil, por no decir que imposible. Dependiendo de la cantidad de hijos, la fila para ocuparlo es algo peor que la parada de buses de Hatillo en San José a las cinco de la tarde en pleno aguacero. Mientras uno de ellos se ducha, el otro se afina el copete a lo Brad Pitt y el tercero se come el cereal dentro del baño para no perder su turno con la secadora. Y el bus del "cole" ronco de pitar afuera.

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Pero, para ser francos, basta un hijo para que ya sea imposible usar su baño. Es tal el desastre de paños tirados, ropa sucia, charcos de agua, chisguetes de pasta de dientes, vasos con jugo sin terminar y tapas de inodoro meadas, que mejor ni entrar. Es todo un caso perdido.

Antes, esto de los baños no era ningún problema por una sencilla razón: la mujer no se había incorporado tanto a la fuerza productiva del país. Pero desde que ella es parte de ese batallón de guerra que ayuda al hogar a sobrevivir al alto costo de la vida, necesita un baño exclusivo con todos los implementos del caso para que, al igual que el cónyuge, satisfaga sin contratiempos sus diarias emergencias cosméticas, aeróbicas y humanas.

No hay que perder de vista que el baño es el lugar de la casa de mayor vigencia, altísima ocupación y sofoque familiar durante las mañanas. Así sea para cortarse las uñas, todo el mundo quiere hacer ahí sus cosas justo a esa hora aunque se puedan hacer en otra parte de la casa. Por eso es que, en el futuro, la moderna arquitectura deberá contemplar con mucha seriedad esa situación, pues no puede ser que lo que Dios une, la falta de otro baño lo venga a separar.

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