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Actualizado el 13 de mayo de 1995 a las 05:38 pm

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Édgar Espinoza
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Édgar Espinoza
En estos días, camino a Curridabat, vi lo que para mí fue una desconcertante novedad nacional, pues no sabía que existiera en el país algo parecido: una flamante y llamativa ambulancia médica para perros.

Yo venía en mi carro justo detrás de esa unidad veterinaria ambulante, y apenas pude distinguir a través de su ventana trasera las cabezas de dos personas que iban adelante, la del chofer y la del ayudante, y en medio de ambas, la silueta oronda y altiva de un pastor alemán con sus orejas de parabólica atentas al más mínimo detalle mundano.

La escena me produjo entre gracia y confusión por un motivo: hacía pocas semanas duré más de dos horas tratando de conseguir una ambulancia para un anciano que se encontraba en estado semi agónico como consecuencia de un severo cáncer.

Y porque hacía cosa de seis días, en emergencias del hospital San Juan de Dios, a una enferma que venía desde un lugar situado a más de dos horas para adentro de Puriscal, la devolvieron a su casa a las dos de la madrugada sin posibilidad de ambulancia que la llevara de regreso, ni de que pudiera pagar un cuarto de hotel donde terminar su perra noche.

Con la ayuda de una sobrina que le consiguió una sábana, la vieja, de 84 años, menuda, frágil y aindiada, se arrebujó yerta de frío en una banca del hospital a esperar el amanecer para ver qué suerte le deparaba el nuevo día.

No tengo mayores datos sobre la ambulancia perruna, pero tampoco los necesito. Prefiero imaginármela, y me la imagino cómoda, amplia, con estetoscopio para perros, camilla, sueros y quizá hasta un enfermero que no le dará respiración boca a boca en casos de emergencia, pero que de camino, en medio del ulular de alguna sirena, le conectará sondas y mascarillas de oxígeno al tiempo que le dirá que no se preocupe, que tenga calma y que todo saldrá bien.

Dentro de la ambulancia, el mismo ayudante de veterinaria le tomará la presión, le hará un fondo de ojos y le practicará un electrocardiograma para adelantar toda la información posible relativa al perro, sin dejar de incluir sus datos personales, como edad, sexo, estado civil, pedigrí y hábitos de vida.

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Si la cosa es muy grave, al perro quizá le pongan una inyección para calmarle el dolor, le tomarán la temperatura con un termómetro para hocicos, le cubrirán con una frazada impecable para protegerle del frío y le dirán que no se preocupe por el carné de asegurado, ni la orden patronal, pues nada de eso se necesita.

Si, por el contrario, la gravedad no es mucha porque se trata de una simple taquicardia o depresión canina, que las hay en este mundo de estreses colectivos, le pondrán música instrumental de esa que llaman "easy listening" como en primera clase de avión, viajará con unos bocadillos de tocineta comprimida y atomizador para el aliento, y lo entretendrán con fotos de perras famosas, o perros, para que se distraiga y reanime durante el trayecto a la clínica.

Quiero decirle, estimado lector, que desde que he visto esa ambulancia me he jurado a mí mismo que la próx

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