Por: Jorge Vargas Cullell 21 abril, 2016

Entre más consumimos, más desechos generamos. En promedio, un habitante de este país se deshace por encima de un kilo diario de cosas (1,4 en el 2012 para ser exactos), mucho más que hace treinta años, pero bastante menos de lo que canadienses y gringos desechan al día (2,3 kilos).

No estamos en las grandes ligas, pero, según el Banco Mundial, nos ganamos la medalla de oro en América Latina: generamos más residuos por persona que Chile o Brasil. O sea, ¡tomen pa’l pinto todos los que creen que el país no tiene con qué destacarse en el panorama internacional! Ahí lo tienen: en basura no nos ponen la pata encima.

¿Adónde va a parar la media tonelada de cosas que cada uno generamos cada año? La respuesta es a cualquier sitio y de cualquier manera. Una parte va a los rellenos sanitarios y botaderos a cielo abierto, otra a los ríos (donde causa inundaciones) y otra, como en las veredas de los Hatillos que dan a la Circunvalación, engalana el paisaje urbano cortesía de vecinos cochinones.

No tenemos una cultura de responsabilidad sobre los desechos que generamos: una vez que los ponemos fuera de la casa, creemos que el problema deja de ser nuestro. No nos importa vivir rodeados de desperdicios siempre que la sala de la casa esté limpia. Necesitamos cambiar esta mentalidad.

Las malas mañas no son solo aquí. En el océano Pacífico, perdido en la inmensidad, un marino se topó, hace unos años, con la llamada “isla de plástico”, un inmenso basural de cientos de miles de kilómetros de extensión que, por las corrientes, se concentra en un solo lugar. Una especie de botadero mundial. Y no es el único, pues poco después avistaron otro basural en el Atlántico, también de locura, pero más pequeño. El daño ecológico, por supuesto, es enorme.

Un punto fregado: a más desarrollo económico, más desechos. Imaginen cómo se pondrá la vaina de peliaguda cuando los chinos (producen 1,3 kilos al día) y los de la India (0,3 kilos diarios), el 40% de la población mundial, empiecen a desechar como los europeos y norteamericanos (arriba de 2 kilos).

Exportar “basura” no solo será un negocio de proporciones bíblicas, sino uno de los principales motores del comercio internacional. Imagínense que, con nuestro déficit fiscal, vienen los chinos y nos pagan un dineral si aceptamos, al año, un carguero Post-Panamax de esos de 500 metros de largo repleto de residuos para enterrarlo allá por Orotina.

Veremos si, ante las piastras, mantendremos el nacionalismo basurofílico que nos caracteriza. ¿Qué les diremos? ¿Que Costa Rica es solo para la basura tica?

Jorge Vargas Cullell es gestor de investigación y colabora como investigador en las áreas de democracia y sistemas políticos. Es Ph.D. en Ciencias Políticas y máster en Resolución alternativa de conflictos por la Universidad de Notre Dame (EE. UU.) y licenciado en Sociología por la Universidad de Costa Rica.