Por: Fernando Durán Ayanegui 21 agosto, 2016

Primo Levi, italiano, e Imre Kertész, húngaro, son dos grandes escritores de origen judío que hemos leído con profundo respeto. Ambos sufrieron, cuando eran jóvenes, los horrores del mundo concentracionario nazi, ambos describieron aquel infierno y relatos de ambos dieron origen a notables películas sobre los campos de exterminio. Sus libros cubren casi medio metro en nuestra biblioteca y no sabríamos de cuáles prescindir si nos viésemos obligados a hacer una selección.

Nos sorprendió encontrar, en el libro final de Kertész ( La última posada, traducción española aparecida este año, pocos días después de la muerte del autor), una leve invectiva contra Levi; sin embargo, esto no nos hizo cambiar de opinión con respecto a ninguno de los dos. Lo mismo nos ocurrió cuando, hace muchos años, leímos algo un tanto despectivo que Jorge Luis Borges habría escrito –o tal vez habría dicho en una entrevista– sobre Federico García Lorca. En ambos casos pensamos que, tratándose de águilas anidadas en la misma cumbre, aun respetándose mutuamente, tarde o temprano intercambiarían picotazos. Los cuatro eran águilas literarias, solo que Kertész presentaba la singularidad de haber sido, de ellos, el único Nobel de literatura y el único en haber confesado sentirse algo así como asfixiado por tener que escribir en su lengua materna húngara y no en otra más cosmopolita: alemán, español, francés, italiano, inglés. He aquí un tema propio para el debate.

Hace pocos días recordamos, por otras razones, aquel adagio latino según el cual lo que se le permite a Júpiter no se le tolera al buey, pues ocurrió que, en el transcurso de una misma semana, nos encontramos, en diferentes lugares, con dos conocidos que se autodenominan escritores aun cuando no sabemos si han publicado o escrito algo que les permita escuchar ese título en voz ajena, y cada uno de ellos se tomó bastantes minutos para atosigarnos con afiladas desautorizaciones literarias del otro. Mientras hablaban, pasaron por nuestra mente imágenes, no de “águilas que se baten en las nubes”, como habría escrito Whitman, sino de zorros en rebatiña por una perdiz. Pero tuvimos suerte: ninguno entró en detalles sobre su propia obra literaria, ni trató de vendernos uno de sus libros, lo que nos dejó tiempo para localizar una lapidaria cita que el mismo Kertész le dedicó a un escritor petulante y –dado que no mencionó su nombre– posiblemente poco conocido: “Escribió algunos libros de escasa calidad y ahora cree poder tutearse con el arte”.