Por: Armando Mayorga 8 mayo, 2014

Hoy, hace cuatro años, los costarricenses vivíamos con ilusión un cambio de gobierno. Laura Chinchilla era la primera mandataria y, además, se colocaba la banda presidencial con el respaldo de la mitad de los que votaron en el 2010.

Ese 8 de mayo, vestida con el blanco de la paz, ella daba confianza en un acuerdo nacional al prometer diálogo y unidad, al ofrecer escuchar y abrir puertas, al llamar a alianzas y a trabajar en equipo. Lindas palabras, pero muchas veces, las más, quedaron en el discurso.

Su apuesta al diálogo y la unidad duró poco. Cuando hubo diálogo, se agotó pronto.

Unidad... existió, pero se rompió no solo dentro del mismo Gobierno, no solo con el mismo partido oficialista, sino también con la Asamblea Legislativa, y nunca se hizo un esfuerzo, consistente, por la re-unión. En la Casa Presidencial más bien se aplicó la (i)lógica de que Cuesta de Moras debía ir a Zapote.

Así, la flaqueza de este Gobierno estuvo en su escasa habilidad para conciliar y, hay que decirlo, en la arrogancia. La hubo al imponer decisiones, al no aceptar consejo para gobernar, al cerrar ojos y oídos a la crítica de múltiples sectores, y, en muchos momentos, al creer tener el monopolio de la verdad.

La soberbia llevó al aislamiento con que decimos “adiós” hoy a esta Administración, que se va en solitario, en pugna con casi todos los actores sociales e, incluso, Liberación Nacional.

Para doña Laura, la culpa de casi todos sus males nunca estuvo en la Casa Presidencial, sino afuera y, sobre todo, en la prensa que desinformó de su labor, según dijo, por intereses particulares. Si desinformar es publicar casos de corrupción (que abundaron) o pifias (que proliferaron), la culpa está en el administrador, no en el informador.

De hecho, desde medios como La Nación , contra el que ella arremetió, se le resaltó su buen rendimiento económico, pese al creciente déficit fiscal, y se le dieron titulares a su acción policial para atacar la inseguridad, lo cual calmó temores en la población. Eso, por citar dos importantes logros. Entonces, noticias positivas, logros, hubo muchos, pero la saga de escándalos y novatadas de este Gobierno fueron tantos que el ojo ciudadano los recordó más.

Doña Laura, evidentemente, se va resentida con quien no debe, pues en su análisis faltó introspección para dar con el mea culpa que no le escuchamos.