Por: Juan Carlos Hidalgo 23 marzo, 2015

Luis Guillermo Solís prometió durante su campaña, en repetidas ocasiones, que no impulsaría nuevos impuestos en los primeros dos años de gobierno.

Dijo, también, que pospondría la pretensión de un plan tributario porque quería ganarse primero la confianza del contribuyente mandando señales inequívocas en materia de gasto.

Diez meses después, olvidó su palabra y viene con alegría tras el bolsillo de los costarricenses.

Solís reacciona incrédulo, desde la casa de cristal, ante el rechazo generalizado que ha recibido su propuesta. Pero más allá de descubrir que el presidente, al igual que la mayoría de los políticos, tiene una relación tortuosa con la verdad, debemos aprovechar la coyuntura para tener una muy necesaria discusión sobre cuál es la mejor manera de poner en orden las finanzas del Estado.

Partamos de un hecho irrefutable: aumentar impuestos nunca ha mejorado sosteniblemente la situación fiscal del país. Más bien, como lo reseñó La Nación hace tres años, cada vez que la Asamblea Legislativa ha aprobado un paquete tributario las finanzas del Estado vuelven a deteriorarse. Es muy probable que el triste experimento se repita si el mandatario se sale con la suya. ¿Por qué?

Primero, al castigar los ingresos y el consumo, un aumento de los impuestos –y particularmente uno tan draconiano como este– terminará por afectar la actividad económica del país, la cual de por sí ya lleva nueve meses de desaceleración. Y una economía poco dinámica genera menos recursos por la vía de los tributos.

Debemos prestarle particular atención al impacto que el impuesto al valor agregado tendría sobre el consumo: no solo amplía la base para cubrir una gran cantidad de servicios, que actualmente no pagan impuesto de ventas, sino que la tasa aumentaría de 13% a 15%.

Segundo, aprobados los tributos, los políticos de turno tienden a aumentar de manera irresponsable el gasto, lo que empeora la situación fiscal. Y si hay alguien a quien no podemos confiarle nuevos recursos es a esta administración, porque en su primer presupuesto ordinario aumentó el gasto del Gobierno Central en casi cuatro veces la proyección de la inflación para este año. Si ya gasta a manos llenas, ¿qué pasaría si le diéramos ¢600.000 millones más?

Así las cosas, apoyar el paquete de impuestos propuesto por presidente Luis Guillermo Solís, con la esperanza de que esto contribuya a paliar la grave situación fiscal del país, representa un acto de fe.