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Actualizado el 15 de julio de 2013 a las 10:29 am

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Somos lentos para reaccionar en defensa de nuestros derechos e intereses. Lo prueba hasta la saciedad la nueva acometida del dengue desde Parrita. Si, en el 2002, se comprobó que la población estaba informada y, entre apuros y carreras, se logró hacerle frente a esta enfermedad, en esta oportunidad, once años después, nos encontramos en una situación mucho más seria y, lo es más grave, con perspectivas acongojantes.

Las noticias y declaraciones de funcionarios encargados de la salud responsabilizan de la actual incuria a la población. Como lo expresó el editorial de este periódico, el sábado pasado, “el dengue no puede ser combatido sin ayuda de la ciudadanía”, por la sencilla razón de que se incuba en cualquier parte, desde un adorno o una llanta en la casa hasta el vecindario, zonas costeras y sectores más pobres y poblados, donde el factor educativo y cultural constituye un componente preponderante y cualquier descuido, por lo tanto, se convierte en un poderoso elemento de expansión.

Según las informaciones recientes, el dengue no solo está a las puertas, sino que, conforme pasa el tiempo, más avanza, al punto de alcanzar pronto, posiblemente en este invierno, la época más apremiante, como en el 2005, cuando los casos de dengue ascendieron a 40.000. En cuanto al 2013, según explicó el editorial de La Nación del sábado anterior, este es el año con el mayor número de afectados antes de la llegada de las lluvias. El país se expone, entonces, “a una epidemia de grandes proporciones, potencialmente más dañina que otras, dada la presencia en todo el territorio nacional de tres de los cuatro serotipos”, lo que incrementa el peligro de la aparición del tipo hemorrágico.

En fin, no solo Parrita, sino todo el país se encuentra en peligro. Esta es la realidad, por lo que toda la población debe tomar conciencia de esta amenaza, que, como se ha expresado, sin asomo de hipérbole, pero fundada en hechos y datos fehacientes, ha de trocarse en acción inmediata. El riesgo es demasiado elevado en el orden de la salud y de la vida.

En estas crisis suele sugerirse campañas publicitarias que, en verdad, toquen las conciencias y el espíritu de solidaridad. Es necesario, pero, dado nuestro estilo y nuestra forma de actuar, el Estado debe poner manos a la obra y sancionar a las personas o entidades que no actúen con entereza y responsabilidad. En este sentido, los medios de comunicación, en especial la radio y la televisión, pueden llevar a cabo, en razón de su naturaleza y medios de acción, una ayuda singular. Pocos están en mejor posición para hacerlo. El Gobierno, además, debe tomar el liderazgo.

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Es su deber primario.

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