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Actualizado el 05 de julio de 2013 a las 12:00 am

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Pocas escenas tan deprimentes y casi diría inhumanas como las que ofrecen las cárceles de nuestro país. Si se tiene en cuenta que uno de los propósitos de la privación de libertad es la rehabilitación de los reclusos y su inserción posterior en la sociedad, los medios empleados para este fin deben ser congruentes con tan elevada finalidad.

Pareciera que ocurre todo lo contrario. ¿Son las cárceles una escuela de rehabilitación o, más bien, de degeneración? La respuesta no es fácil. Sin embargo, la sola visita a un penal y la conversación con los reclusos nos ofrecen algunas pistas indicadoras de que mucho se puede hacer. Quienes hemos tenido alguna de estas experiencias poseemos elementos de juicio para juzgar.

En primer lugar, lo más visible: la ropa, los dormitorios, los baños, las camas y, en general, la presentación de quienes allí conviven. Si bien no todas las cárceles del país, son antros de suciedad, pues en este campo se ha realizado un esfuerzo, lo cierto es que el espectáculo que algunas ofrecen no es una carta de presentación decorosa y ni siquiera digna de un país civilizado o cumplidor de los mandatos internacionales en materia de derechos humanos. Si se nos juzgara por algunas cárceles y por las condiciones materiales en que los reclusos “viven”, debería darnos pena.

En una de las ediciones pasadas de este periódico se nos dice que “los reos de confianza limpiarán calles y parques josefinos”. En este sentido se ha suscrito un acuerdo entre la Municipalidad de San José y el Ministerio de Justicia que podría favorecer a unos 100 reclusos. Estas noticias son positivas, pero dejan a la vez un sentimiento de extrañeza. Si el abandono y, a veces, inhumanidad de algunas cárceles ha sido una constante en el país, ¿por qué esta es una noticia gratificante?

Los reclusos que participen en este programa recibirán 25.000 colones por semana. Con estos recursos pueden “educar” a sus hijos y hasta visitar a sus familias. Sin embargo, esta modalidad no logra satisfacer ni medianamente los fines de la rehabilitación, siendo que la mayor parte de los internos no participan en estos programas. La solución radica, entonces, en una verdadera reforma social, consistente en la dotación de oportunidades de trabajo para los reclusos. Esta es la cuestión de fondo, pues nada hay tan dignificante para el ser humano como el trabajo.

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Lo que más sorprende en un penal es el número de personas que allí “conviven” sin hacer nada, sin aspiraciones, en un ambiente de indolencia y deshumanización. Se impone, pues, un gran proyecto social para rehabilitar por medio de la ética del trabajo.

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