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Actualizado el 01 de julio de 2013 a las 12:02 am

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El abogado y empresario Alberto Rodríguez Baldí escribió en la prensa nacional que la presidenta de la República, Laura Chinchilla, “compró terrenos valorados en millones de dólares en Nicoya y tiene negocios en la generación de energía eléctrica”.

¿Falso o cierto? Si es cierto, debe ser enjuiciada y renunciar; si es falso, el denunciante, abogado y empresario, ha mentido, dañado el honor de una persona, presidenta de la República o no, y, por lo tanto, ha de pedir perdón públicamente, o bien, someterse al juicio penal correspondiente. Es una cuestión de justicia, de honor y de hombría.

Una sociedad libre y respetuosa de las leyes no debe tolerar estos excesos y cualquier persona tiene derecho a defenderse. Se trata de un derecho humano y, en este caso, de la conjunción de dos valores éticos esenciales: el respeto y la dignidad humana, sin los cuales impera la barbarie. El hecho de que estos valores se hayan degradado en nuestras sociedades, sean objeto de burla y hasta los minimicen, por demagogia, los defensores de los habitantes, nada ni nadie puede rebajar su grandeza. No hay tragedia humana que no haya derivado de estas poses y de este raquitismo moral.

La democracia no puede prescindir de la crítica ni de la sátira ni de la censura ni de la reprobación ni del reproche, no importa su dureza, pero no puede, eso sí, asentarse sobre la mentira y la falsedad, máxime cuando esta desvaloración tiene como propósito rebajar a un ser humano y se proclama a sabiendas de su falsedad e ignominia. Nuestra política, en este sentido, se ha degradado y con ella nos estamos degradando todos.

Pienso en las llamadas redes sociales, un poder maravilloso de cultura, convivencia e información, convertido desgraciadamente, por obra de unos, en una escuela de difamación y empobrecimiento de la democracia. No podemos seguir así. No podemos vivir bajo la amenaza del miedo, que aleja a los mejores de las fuentes del poder genuino y constructivo. Ser político es un acto de servicio al país, propio de almas generosas, y no un instrumento de enriquecimiento, de envidia o de venganza.

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Se ha dicho que los comentarios y chismes injuriosos o falsos se deben ignorar sobre todo en el campo político, pues la gente sabe que en política prevalecen la mentira y la mala fe. Así, se reniega del derecho a la legítima defensa y la política se convierte en un amasijo horrendo de mentiras. Temo que este va siendo, poco a poco, el epílogo de la democracia en manos de un grupo de bribones. ¿Qué hacer? Luchar sin tregua ni temor para que no triunfe la mentira.

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