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Actualizado el 29 de enero de 2010 a las 12:00 am

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En nuestras campañas políticas no abunda el humor. Sin embargo, cierto tipo de propaganda, que pretende ser seria y convincente, nos regala, sin proponérselo y por la vía del absurdo, gratos momentos de humor, salpicados de angustia.

Otto Guevara, por ejemplo, está desplegando un vigoroso esfuerzo propagandístico para demostrar que es honrado y honorable, “el único que no miente”, pues dijo “toda la verdad”, dado que así lo proclamó un polígrafo o detector de mentiras. Sus competidores, en cambio, según él, no son transparentes ni veraces ni honrados. En síntesis, el barómetro de la moral de Otto Guevara sería, entonces, el polígrafo o detector de mentiras que, como se sabe, lo puede burlar un buen experto en mentiras, y que, aplicado en política, sería un expediente monstruoso, precisamente porque se presta a todo tipo de manipulación. Y si el detector tiene un valor absoluto, sencillamente eliminemos la Fiscalía y los tribunales de justicia.

No se trata, sin embargo, en el caso de Otto Guevara, de disquisiciones científicas o filosóficas, sino de la forma como él ha explotado el “veredicto” del polígrafo: una propaganda ubérrima para demostrar que él es limpio y transparente, y sus adversarios, por el contrario, mancillados. Con este despliegue preparó su propia trampa por cuanto no cabe que una persona, político o no, segura de su honradez, vaya a hacer propaganda emocionada porque un detector ha confirmado sus valores éticos. No me imagino a Laura o a Ottón Solís erguidos en este festín publicitario sobre su propia honorabilidad. Sería tan torpe como si Ottón gastara páginas de publicidad denunciando la injusticia del detector de mentiras porque, en su caso, este aparatito no lo favoreció.

Y, ahora, la cuestión real. El verdadero detector no es el aparato, sino los hechos y, sobre todo, la conciencia, que no pocos saben acallar. De nada vale proclamar la propia transparencia, emanada, supuestamente, de un detector, si los hechos, mondos y lirondos, les anuncian a los costarricenses que Otto Guevara, en un mes de constantes denuncias sobre el secreto o misterio de su dinero ha guardado un diamantino silencio. Es decir, no ha sido transparente y ha cortado el puente entre la libertad, su lábaro, y la verdad, una ruptura que, en la política y en la vida es la fuente de todos los males en una sociedad.

Este puente no lo reconstruyen un detector ni la propaganda ni los ataques contra los adversarios políticos o contra La Nación , objeto de sus iras, sino ese juez interno que se llama conciencia, viva y alerta, cuyo vocero es la palabra –el logos– henchida de razón y de sentido.

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