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Actualizado el 15 de abril de 2016 a las 12:00 am

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El tiempo corre con rapidez: para el país, el Gobierno y las sesiones extraordinarias de la Asamblea Legislativa. El desbalance entre gastos e ingresos se amplía. El monto y costo de la deuda estatal crece. Pero poco se ha avanzado para atajar el problema fiscal.

No hemos llegado a la crisis como colapso, pero estamos cerca de ella. Incluso, aunque la relación entre déficit y producto interno bruto (PIB) se mantuviera estable, el país necesita una reforma tributaria que mejore la calidad del gasto, genere mayores ingresos, desamarre el presupuesto de tantas transferencias automáticas, ponga en cintura a las instituciones autónomas, estimule la inversión pública y combata mejor la evasión.

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Entre las buenas señales están el acuerdo en principio sobre el registro de accionistas y la búsqueda de compromisos razonables por un grupo de especialistas con distintas filiaciones. A esto se podrían agregar, como entorno, las propuestas de Ottón Solís sobre reestructuración institucional y una agenda consensuada para el próximo cuatrienio, y la de José María Figueres con su plan de cinco años “2021”: aunque fueran meros flirteos electorales, plantean opciones con coherencia, y la fiscal, sin duda, es urgente.

Pero los factores negativos se imponen: débil capacidad técnica y política del Ejecutivo y reticencia para abordar los disparadores del gasto; intransigencia (al menos verbal) de la oposición mayoritaria; bloqueo total de algunos minoritarios, en medio de la dispersión legislativa; y falta de un plan de acción articulado en sus compromisos y pasos. Quizá los técnicos logren esto último, pero la clave está en las decisiones políticas. Mientras tanto, solo faltan dos semanas para que terminen las sesiones extraordinarias, lo cual implicará mayor complejidad de la agenda y, por ende, menor focalización legislativa.

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El 11 de abril el presidente pecó de hiperbólico en sus augurios y de inexacto en su “compromiso” por frenar el gasto. Pero tuvo razón en la clave: estamos a las puertas de que detone la crisis. La disyuntiva es seguir cavando trincheras y repartiendo culpas, o trabajar con seriedad y rigor por una hoja de ruta y compromisos. Es decir, desplegar verdaderos liderazgos.

Mientras, el tictac se acelera, y no es de un reloj, sino de una virtual bomba.

(*) Eduardo Ulibarri es periodista, profesor universitario y diplomático. Consultor en análisis sociopolítico y estrategias de comunicación. Exembajador de Costa Rica ante las Naciones Unidas (2010-2014).

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Eduardo Ulibarri

radarcostarica@gmail.com

Eduardo Ulibarri es periodista, profesor universitario y diplomático. Consultor en análisis sociopolítico y estrategias de comunicación. Exembajador de Costa Rica ante las Naciones Unidas (2010-2014).

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