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Actualizado el 23 de febrero de 2014 a las 12:00 am

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En una carta escrita hace apenas cinco años, un entusiasmado Paul Auster (novelista nacido en 1947) le contaba a su colega John M. Coetzee que, días antes, un amigo le había regalado una máquina de escribir Olivetti fabricada allá por 1958, “un artilugio bonito y compacto” que en adelante usaría como “máquina de escribir de viaje, algo de lo que he estado desprovisto durante años”. Tras leerla caí en la cuenta de que mis nietos, uno de los cuales ya ha cometido por lo menos dos errores en un recinto electoral, jamás han usado –y, con seguridad, jamás usarán– uno de aquellos olvidados “bonitos artilugios”, y me pregunté con asombro cuánto tiempo llevo yo mismo sin poner un dedo sobre el teclado de una reliquia semejante. Después de un arduo esfuerzo memorístico, recordé que corría 1983 cuando dejé tirado en algún “basurero tecnológico” mi último dinosaurio, una máquina marca Brother eléctrica, portátil, para afiliarme definitivamente al procesador de palabras con mi primera computadora personal, una Zenith “portable” –arrastrable, decían unos misericordiosos amigos de la universidad al saber que mi nuevo aparato pesaba bastante más de 12 kilogramos–. De hecho, hasta los pocos y muy torpes poemas que alguna vez escribí fueron picoteados en el teclado de una “compu” y probablemente por eso salieron tan ripiosos que me convirtieron en el primer “vate” costarricense al que las musas pusieron “ out ” en primera base.

Hace varios días, llamó mi atención un artículo del profesor Iván Molina sobre algunos problemas provocados por la reciente introducción de cambios en el programa oficial de la asignatura Estudios Sociales de secundaria. Mi formación profesional no me autoriza a opinar sobre los aspectos técnicos o pedagógicos del tema, pero creo entender de un punto que suscitó, tal vez involuntariamente, el profesor Molina: el de la resistencia de los profesores a un necesario “refrescamiento” constante de sus saberes y sus habilidades. Lo que lleva a preguntar si esos profesores reciben, de la sociedad y del Estado, las consideraciones materiales que les facilitarían el tiempo y los medios requeridos para someterse decorosamente a un proceso permanente de renovación.

Por lo general, cuando se habla de ese tema, se dice que, en materia de reclutamiento de enseñantes, deberíamos seguir el ejemplo de Finlandia, pero, al parecer, nuestra “finlandización” –en sentido educativo– no vendrá antes de la próxima glaciación y, mientras tanto, el país seguirá aporreando, al estilo Auster, una Olivetti de aquellas que en 1958 todavía usaban en el Ministerio de Educación.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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