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Surrealismo

Actualizado el 10 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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En momentos en que, por razones comprensibles, el fútbol es la referencia natural para buscarle solución a cualquier problema grande o pequeño, es válido recurrir a ejemplos balompédicos reales o imaginarios con el fin de examinar situaciones políticas, sociales, económicas y militares, para entender las cuales no contamos con suficientes neuronas. Imaginemos, por ejemplo, tres actuaciones arbitrales que podrían ocurrir al iniciarse un partido del Campeonato de Invierno de la liga mayor de fútbol de nuestro país. Primera: antes de dar por comenzado el partido, el árbitro se dirige al capitán del equipo A para indicarle que uno de sus compañeros, el que lleva la camiseta número 5, no puede ser alineado porque fue sancionado con dos fechas de suspensión a causa de la expulsión a la que lo sometió el árbitro de un encuentro anterior. Segunda: el árbitro les informa a los capitanes de que el partido arrancará con un marcador de dos goles para el equipo A y tres goles para el equipo B, porque esos fueron los tantos que estos equipos marcaron, respectivamente, en los partidos jugados la semana anterior frente a otros clubes. Tercera: el árbitro les hace saber a los capitanes de ambos equipos que expulsará de la cancha a todo aquel jugador que, estando el balón en juego, se persigne o dirija al cielo plegarias o imprecaciones.

No se necesita un debate jurídico para que, en el primer caso, todo el mundo entienda que el árbitro está aplicando correctamente la “constitución del campeonato”, eso que los locutores deportivos llaman el “reglamento del certamen”. En los casos segundo y tercero, desde los recogedores de balones hasta los gerentes de clubes, pasando por los espectadores, los jugadores, los cuerpos técnicos, las porristas y las mascotas, protagonizarán un zafarrancho porque el árbitro está violando el reglamento del campeonato, vale decir, la constitución del certamen. Todos estarán de acuerdo, además, en que hasta para el desarrollo ordenado de un aburrido torneo de fútbol se requiere lo que los jugadores que estudian derecho denominan “seguridad jurídica”.

Por pura casualidad, hemos estado leyendo algo sobra Luis Bonaparte, aquel ciudadano que, elegido presidente de la República francesa, un buen día decidió darse un golpe de Estado y hacerse proclamar emperador bajo el nombre de Napoleón III; y, de paso, hemos venido preguntándonos a qué quedaría reducido el sistema municipal, si la Asamblea Nacional y el emperador decidieran repartir, a su gusto y sabor, algunas vías públicas de grandes ciudades como París, Liberia, Grenoble, Escazú, Lyon, Siquirres y Marsella.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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