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Actualizado el 18 de enero de 2015 a las 12:00 am

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Poco antes de la Navidad se habló en familia sobre las especies de cérvidos, como el reno y el alce, que están despareciendo en algunas regiones: en Minnesota, por ejemplo, a causa principalmente de la contaminación de las aguas superficiales, hoy hay diez veces menos alces que hace 20 años. Al escucharnos, los nietos se preocuparon por la disponibilidad futura de transporte para el peripatético Santa Claus. Para tranquilizarlos, les mostramos fotos de grandes rebaños domésticos de renos de la Laponia sueca y de alces de la península siberiana de Yamal, comarcas en las que todavía quedan cientos de miles de ejemplares de sus respectivas especies. “No son iguales, pero, si los renos suecos llegan a desaparecer, Santa podrá usar alces de Siberia, un país que también está cerca del Polo Norte”, sentenciamos y los niños quedaron satisfechos. Pero no nosotros: es el caso que, desde hace meses, nos hemos venido informando sobre un fenómeno geológico que ocurre justamente en Yamal, hogar ancestral de los nenets, primos, por así decirlo, de los esquimales y de los lapones. Se ha observado ahí la formación súbita de enormes cráteres –a ellos nos referimos hace algún tiempo–, causada por la expulsión, a la manera de los tapones de las botellas de vino espumante, de grandes masas de tierra y roca empujadas por la presión del metano, un gas ecológicamente más amenazador que el dióxido de carbono.

Ahora, la fregada mala noticia es que científicos rusos y norteamericanos consideran probable que en cualquier momento, dentro de un plazo muy corto, ocurra el “descorche” de miles de millones de toneladas de metano que entrarían en la atmósfera de golpe y porrazo, y –recordémoslo– una tonelada de ese gas produce un efecto invernadero cerca de 90 veces superior al de una tonelada de dióxido de carbono. Pero eso es solo una parte del problema, pues semejante estallido anunciaría una catastrófica aceleración del retorno a la atmósfera de todo el metano que hace unos 250 millones de años trajo –con la llamada “gran extinción pérmica”– la desaparición del 95% de las especies animales y vegetales.

La raíz de tan siniestra amenaza se halla en un calentamiento global en el cual, aunque sus “negacionistas” no lo admitan, hay un aporte antropogénico originado fundamentalmente en la emisión artificial de dióxido de carbono. La alegría porque la baja del precio del petróleo facilitará su consumo, se asemeja a la de un suicida recién enterado de que el precio de la soga natural va en descenso.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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